número catorce | marzo 2003 | web 3/10 AnteriorPortadaSiguiente

 

John Waters,
mucho más que el rey del vómito

Aunque a muchos les suene su nombre, John Waters es un gran desconocido para el gran público; probablemente la imagen que muchos tendrán de él por haber visto Pink flamingos será la de alguien estrafalario, bohemio, y con un discurso pretendidamente transgresor bastante limitado; la primera sorpresa sería entonces el ver que es un señor al que le encanta vestir de corbata, muy educado, con una gran cultura cinéfila y literaria, y cuya única extravagancia aparente sería su fino y particular bigote.

Y tal vez sea también sorprendente (o no) el hecho de que se criara en una familia convencional católica de Baltimore, ciudad a la que idolatra, en la cual sigue viviendo, y donde transcurren todas sus películas. Su hermano trabaja en la pequeña empresa de su padre, que fabrica productos para la prevención de incendios, sus hermanas son madres y amas de casa, y muchos de los intérpretes de sus películas son amigos suyos con profesiones y vidas "normales" que ni siquiera trabajan en el mundo del cine.

A pesar de este ambiente poco propicio (aunque tampoco particularmente represivo), el freakismo del pequeño John empezó a desarrollarse muy pronto. Desde pequeño le fascinaron los asesinos dementes y coleccionaba toda la información sobre ellos que se le pusiera a tiro (poco más tarde se convertiría en fan obsesivo de la satánica familia Manson); también le atraían las catástrofes, afición curiosamente compartida con su padre: los dos salían juntos de casa cuando oían pasar el coche de los bomberos para seguirlo y ver en directo el incendio o el cataclismo que hubiera tenido lugar.

Sus amistades las escogía entre los especímenes más extraños y menos populares del colegio y del instituto; entre ellos destacaba Glenn Harris, un niño con problemas de sobrepeso y de identidad sexual que en la adolescencia empezaría a vestirse de mujer y a transformarse en Divine, la futura gran musa del director. Rápidamente juntó a su alrededor una pandilla de freaks con la que gastar bromas en el límite de la delincuencia juvenil a los vecinos de Baltimore, y disfrutar en los cines con la serie B más casposa y delirante de la época: las primeras películas gore de Gordon Lewis, los demenciales títulos del erotómano Russ Meyer, el cine de artes marciales, etc.

Hay que destacar que, aunque estos gustos hoy sean compartidos por millones de adolescentes, hayan dejado de ser una actitud iconoclasta y casi hayan pasado a formar parte de la cultura dominante, en aquella época no existía nada parecido a todo el enorme establishment actual en torno a la subcultura, la basura, el cine cutre, etc. En aquel momento los freaks se hacían a sí mismos, no bastaba con seguir las modas dictadas por gente fashion estilo Alex de la Iglesia, Santiago Segura o los gurús de El país de las tentaciones.

Waters se adelantó en gran medida a su tiempo y fue un predecesor de los punks, de los siniestros, de los fans de Marilyn Manson, de toda la cultura de los fanzines y la serie B, y de innumerables tribus urbanas más. Pero en su momento, a finales de los 60 o principios de los 70, era un marginal incluso dentro de la contracultura, que entonces se centraba en los principios de paz, amor y ecología de los hippies, una actitud también contestataria pero totalmente opuesta a la de nuestro hombre.

Finalmente toda esta cinefilia y erudición en el terreno de la caspa y el subproducto, aunque también en el cine de autor más experimental y vanguardista -Waters es un fan declarado de Pasolini, Robert Bresson, Marguerite Duras, Fassbinder y muchos otros- cuajó en una serie de cortometrajes, de los cuales el más elaborado y de cierto éxito en el área de Baltimore llevó por título Multiple maniacs, en homenaje al gore 2000 maniacs, la obra cumbre de Gordon Lewis. El salto al largometraje era el siguiente paso, y todo el equipo de amigos y colaboradores watersianos rodó sin medios y con esfuerzo durante los fines de semana uno de los títulos clave, pese a quien pese, de la historia del cine.

Pink flamingos: el estilo Waters
Pink flamingos (1972), narra la epopeya de Divine en su lucha por conseguir el título de persona más inmunda del planeta; su tranquila vida en una caravana al lado de su madre, débil mental y fetichista de los huevos, y su hijo delincuente juvenil con el que tiene relaciones incestuosas, se ve amenazada por el malvado matrimonio Marble, que pretende arrebatarle su puesto. El mérito de los Marble para optar al trono de la inmundicia es secuestrar a chicas, encerrarlas en un sótano, violarlas y vender a sus bebés cuando se quedan embarazadas.

Divine se enfrenta valerosamente a los Marble y, tras prenderlos y juzgarlos por el delito de gilipollez, los condena a muerte y los ejecuta delante de toda la prensa, no sin antes exponer públicamente su filosofía de vida. Con la publicidad conseguida, el culto hacia su inmunda persona se extenderá por todo el planeta. Este apoteósico desenlace se ve redondeado por un epílogo de cinema-verité en el cual, sin cortes y en un solo plano, un perro hace sus necesidades en la calle, Divine las recoge y se las come delante de la cámara. Un final antológico convertido ya en un mito: la versión John Waters del nadie es perfecto de Con faldas y a lo loco o el siempre nos quedará Paris de Casablanca.

Como todo el cine de su autor en esta primera época, Pink flamingos es una sucesión de agresiones visuales al espectador; su objetivo es atacar frontalmente de forma deliberada y sistemática el buen gusto y transgredir tanto el concepto de cine de la industria de Hollywood como el de los intelectuales y críticos, destruyendo todos los clichés establecidos por unos y por otros de lo que es el buen y el mal cine.

Parecidos, diferencias e influencias:
Los personajes de Pink flamingos y de otros films de su director son una galería de freaks con marcados defectos físicos, desequilibrios mentales y anomalías sexuales; sin embargo no se avergüenzan en absoluto y prácticamente ni siquiera ven en ello ningún problema, viven sus vidas sin complejos y con total normalidad. Más que rechazar la moral burguesa o la corrección política, el director se limita a ignorarlas completamente. Los detractores o los desconocedores del cine de Waters tal vez piensen que sus películas no son más que circos de monstruitos similares a los de los reality shows televisivos de testimonios o los programas nocturnos de telebasura líderes de audiencia.

Tal vez obras como Pink flamingos hayan influido sobre esos programas, pero la diferencia es que John Waters no mira desde arriba a sus personajes, no es ni un reprimido con mentalidad pueblerina en el peor sentido de la palabra, que se siente a la vez atraído y aterrorizado ante la transgresión y por eso se regodea enfermizamente en exhibirla (Pepe Navarro y compañía), ni un progre paternalista que desde su posición de "normalidad" mira a los "raros" con actitud perdonavidas al mismo tiempo que los explota y los deshumaniza (Javier Sardá y compañía).

Waters no considera a ninguno de sus personajes como desviados de una norma, porque no reconoce tal norma; no hay nada de exhibicionismo en su cine, porque su mirada y su mundo como autor son tan estrambóticos como los comportamientos de los actores. De exhibir a alguien como fenómeno de feria sería en todo caso a sí mismo, jamás a Divine ni a ninguno de sus colaboradores, de los que siempre habla con todo el respeto y el cariño.

Pedro Almodóvar sí asimiló de forma muy positiva la influencia del cine de John Waters, no copiándolo sino adaptándolo perfectamente a la idiosincrasia española de su época, en películas como su ópera prima Pepi Luci Bom y otras chicas del montón, o en uno de los títulos más logrados de todo el celuloide nacional de los ochenta, Que he hecho yo para merecer esto, naturalmente años antes de reciclarse al cine cool y de qualité que hace ahora.

No se puede decir lo mismo de la nueva hornada de directores de comedia que declaran inspirarse en Waters: los hermanos Farrelli, que se hicieron famosos con la nauseabunda Algo pasa con Mary y hace poco estrenaron Amor ciego, carecen totalmente del universo propio y del discurso de su supuesto maestro o del primer Almodóvar; su humor es el de dos niños de papá que se burlan de forma prepotente y vulgar de los feos, los discapacitados, etc.

Seguramente en la autenticidad de Pink flamingos, por no ser solamente una explotación comercial del mal gusto sino también la expresión del mundo personal de un autor, residió la clave de su éxito, aunque también hay que reconocer que en 1972 las sesiones de madrugada y las drive-in movies (películas que se veían dentro de los coches) favorecían la distribución de un tipo de películas sin ninguna posibilidad en los circuitos comerciales. La película consiguió salir del área de Baltimore, dar la vuelta a todos los Estados Unidos, y con el tiempo a todo el mundo, lo cual no deja de darle problemas a su director, que de vez en cuando es denunciado ante la justicia por clientes de videoclubs o cines de reestreno que se sienten agredidos y atacados ante sus films.

La trilogía del mal gusto
Aunque no sin esfuerzo, Waters logró financiación tras este relativo éxito para llevar a cabo un nuevo proyecto que vería la luz en 1975; Cosa de hembras (Female trouble) era, aunque todavía dentro del más sórdido underground, un film más ambicioso y con más presupuesto que Pink flamingos, de ahí probablemente que sea más irregular y pesado de ver. Más allá de la simple sucesión de escenas desagradables, el director y guionista desarrolla su gusto por el melodrama más esperpéntico en una nueva epopeya protagonizada por Divine, en el papel de una madre soltera que, tras tener una hija fruto de una violación, consigue realizarse personalmente comenzando una carrera criminal.

La trilogía del mal gusto se redondea en 1977 con Vivir desesperadamente (Desperate living), de nuevo con un ama de casa asesina como protagonista; tras huir de la justicia se refugia en Mortville, una ciudad de delincuentes y fugitivos dominada por una despótica reina; una historia más coral que supone una nueva expansión del universo watersiano. En esta ocasión faltan en el reparto actores como Divine o David Lochary, pero siguen la mayor parte de habituales del director, como Mink Stole, Mary Vivian Pearce o la gran Edith Massey.

Siempre consciente de la importancia de saber vender sus películas, Waters sabe aprovechar la ocasión cuando la prensa se interesa por él, y sus comentarios satíricos, inteligentes, y sobre todo muy divertidos, empiezan a convertirlo en un personaje conocido entre los sectores más heterodoxos de la cinefilia. Define su visión del séptimo arte diciendo que "ver a alguien vomitar con una de mis películas es como recibir un aplauso", aunque luego puntualiza que el rey del vómito no es él sino Ingmar Bergman (mítico autor de El séptimo sello o Fanny y Alexander, muy en boga en esa época, los años 70): "en todas sus películas alguien vomita".

Años 80: la decadencia
Esta relativa fama le consigue finalmente una llamada de Hollywood que acaba con la etapa más bestia y escatológica de su cine; aunque algunos puedan pensar que a partir de ahí nuestro hombre se vende o se domestica, lo cierto es que la otra opción hubiera sido copiarse a sí mismo por los siglos de los siglos. El concepto del cine de John Waters va mucho más allá de la simple provocación, y para demostrarlo y poder evolucionar necesitaba de mayores presupuestos.

No obstante, es difícil no considerar Poliéster (1981), su primer producto hollywoodiense, como un fracaso: la taquilla respondió mal y la historia, la primera del director ambientada en un escenario burgués, acababa siendo poco más que una parodia de los melodramas de su adorado Douglas Sirk y una versión light de su cine anterior. Eso sí, le permitió emular a otro de sus ídolos, William Castle, reviviendo la técnica del odorama (que el público note olores en determinados momentos de la película) como reclamo publicitario.

El fiasco de Poliester, unido a la llegada al poder de Ronald Reagan en USA con la correspondiente creación de un clima en el país muy poco propicio para alguien como Waters, le apartó del cine durante bastantes años. En ese tiempo se dedicó a la escritura: primero publicó su biografía, Shock Value (desgraciadamente nunca traducida al español), donde contaba los secretos de sus películas, y luego recopiló varios ensayos en el imprescindible Crackpot (publicado en España por Anagrama como Majareta), una especie de Biblia del pensamiento watersiano donde el autor se revelaba como un todavía mejor y más divertido escritor que cineasta, y especialmente como un inigualable crítico cinematográfico: sus análisis desternillantes y absolutamente desmitificadores de todo tipo de cine, desde el clásico americano (al que odia por lo general) a la vanguardia europea, pasando naturalmente por la serie B más delirante, son tan inteligentes y certeros como amenos y sencillos de leer. Eso sí, la palabra ironía cobra una nueva dimensión en los libros de Waters: no son aptos para mitómanos, ni para quienes quieran mantener una mirada inocente ante las películas o ante la vida.

Con el declive del reaganismo, en los últimos años 80 y primeros 90 el cine independiente americano resurge de sus cenizas y Waters, al igual que otras grandes figuras como Robert Altman, Coppola o Scorsese, vuelve a encontrar financiación para sus proyectos. En 1988 ve la luz Hairspray (Hairspray), donde el director hace un ejercicio de anti-nostalgia a partir de los concursos de baile televisivos que hacían furor cuando él era adolescente.

Con Cry Baby (Cry Baby, 1990) Waters sigue buscando inspiración en sus recuerdos de infancia y juventud y la estética de los años cincuenta. Las dos son comedias teen mucho menos salvajes que su cine anterior, aunque con la atmósfera enrarecida y un pelín psicótica marca de su autor; en ellas cada vez más personajes del underground y la cultura alternativa, o ya no tan alternativa, se van sumando al mundo del director: Johnny Depp, Willem Dafoe, la estrella del porno Tracy Lords, la musa del punk neoyorquino Deborah Harry, etc.

Años 90: nueva época dorada
Los asesinatos de mamá
Hairspray y Cry Baby, dos películas de transición, simpáticas aunque menores en su filmografía, sirven como precalentamiento para la espléndida etapa de madurez de Waters, que consta de (por el momento) tres obras maestras: la trilogía se inicia con Los asesinatos de mamá (Serial Mom, 1994), que supone su proyecto más ambicioso hasta ese momento, y su primera colaboración con toda una estrella de Hollywood: la estupenda, y desgraciadamente desaprovechada por los grandes estudios, Kathleen Turner. En plena fiebre de las películas de asesinos en serie que atormentan a las familias, Waters da la vuelta a la tortilla y hace la versión definitiva de su subgénero favorito: el ama de casa psicópata, tema ya tratado en Cosa de hembras y Vivir desesperadamente, que, en lugar de destrozar hogares como en Atracción fatal y los telefilms de sobremesa, mata a los transgresores de lo políticamente correcto para mantener unido y feliz el suyo.

Todo un reverso disparatado de los elementos del cine de Hollywood: familia, comedia adolescente, asesinos en serie y, naturalmente, un juicio con mamá asesina convertida en un ídolo de masas; como siempre en el cine y en el universo de Waters, la pregunta es si esta es una película enferma, o más bien una reflexión muy lúcida y muy divertida sobre un cine y una sociedad que sí están realmente enfermos. Pasar de Divine comiendo caca de perro a Kathleen Turner elegantemente vestida y peinada matando a telefonazos a una hortera que viste de blanco después del Día del Trabajo, es uno de los mayores ejemplos en el cine contemporáneo de evolución inteligente no reñida con la fidelidad y la coherencia a un estilo y una visión del mundo.

Pecker
Su siguiente propuesta, Pecker (Pecker, 1998), se podría definir como el Ocho y medio de Waters: una falsa autobiografía en la que el autor da las claves de su cine y su universo. Pecker es un muchacho de Baltimore cuya pasión por el mal gusto le lleva a fotografiar los aspectos más sórdidos de la vida y las gentes de su ciudad. Sus fotos empiezan a llamar la atención y consiguen exponerse en Nueva York, con gran éxito para sorpresa de todos, incluido él mismo. Este reconocimiento le pone en una encrucijada: ¿qué hacer cuando el mal gusto es aplaudido y considerado como buen gusto? Pecker podría seguir en la misma línea haciendo lo que se espera de él, pero sabe que así dejaría de ser transgresor y se convertiría en un seguidor más de la moda que él mismo creó. La solución que encuentra es la de retratar con la misma mirada sórdida y sarcástica a la beautiful people de Nueva York que le ríe las gracias.

El paralelismo entre el argumento de Pecker y la evolución del director desde Pink Flamingos a Los asesinatos de mamá es evidente, y la filosofía también; no se trata de reírse solamente de los freaks sino también de nosotros mismos, porque la gente "normal" es tanto o más freak

Lejos de la acidez del resto de su cine, esta película tiene un tono amable y conciliador que hacen de ella una especie de versión underground y posmoderna del estilo de Frank Capra. La familia del protagonista es un conjunto de seres peculiares llenos de manías que algunos podrían considerar patológicas, pero que son felices porque aceptan sin complejos sus paranoias, respetan las de los demás, y no hacen ni caso de los consejos moralistas que da una desagradable psicóloga infantil. Como dice Pecker: "La vida no tiene sentido si no estás obsesionado".

Cecil B. Demente
Si Los asesinatos de mamá fue un ensayo watersiano sobre América, y Pecker sobre la vida, Cecil B. Demente (Cecil B. Demented, 1999) es una tesis en la que el director expone su punto de vista sobre el cine. Tras su viaje por el mundo pequeño burgués, Waters decide volver en cierta medida a los tiempos de sus primeras películas con una estética y una atmósfera enfermizas y malsanas. Para el argumento se inspiró en la historia de su amiga Patricia Hearst, portada de la prensa amarilla en los años 70 tras haberse sumado al grupo terrorista que la secuestró para pedir rescate a su padre millonario.

En el film, una estrella de Hollywood, interpretada por Melanie Griffith, es raptada por la secta cinéfila liderada por Cecil B. Demente, un grupo de freaks que perpetran atentados en contra del cine familiar y los bodrios que produce la industria, y que llevan tatuados los nombres de sus directores favoritos, naturalmente también favoritos de Waters: desde Otto Preminger hasta Gordon Lewis, pasando por Fassbinder, David Lynch y hasta Almodóvar. La diva hollywoodiense, en principio horrorizada y retenida en contra de su voluntad, acabará simpatizando con la causa de Cecil B. Demente y prestándose a protagonizar su película. Con la ayuda del público de las salas porno y del cine de serie B (acertadamente, Waters confía más en ellos que en los fans culturetas del cine independiente), el equipo logrará triunfar en su enfrentamiento con la industria y las madres de familia, y llevar a cabo el film con el que soñaban: único, adulto, experimental y psicótico.

Está claro que la hasta el momento última gamberrada watersiana es un grito a favor de la pasión por el cine, y en contra de la apatía y la falta de autenticidad de las nuevas generaciones de cineastas. Cuando una maniobra de marketing tan descafeinada, falsa y de diseño como el movimiento Dogma ha sido lo más parecido a un movimiento generacional en el cine de los últimos años, no queda más remedio que reconocer que John Waters, una vez más, ha dado en el clavo.

José Antonio López Ficha autor


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