De cafés… malagueños


En condición de emigrante, vivo en , y recuerdo que una de las cosas que más me sorprendió al llegar a la ciudad, es una de sus costumbres más peculiares y arraigadas.
En Málaga capital existen distintas denominaciones para los cafés, según sea su proporción de leche. Esta tradición tan local nació en una de sus cafeterí­as mí­ticas, el Café Central, hace más de 60 años, pero hoy se extiende por toda la ciudad.
Así­ de más contenido en leche a más en café, sus denominaciones son: nube, sombra, corto, semicorto, mitad, semilargo, largo y sólo.
En muchas cafeterí­as incluso exhiben carteles con las medidas de los distintos cafés, y es que pedir un “café con leche” a secas es casi pecado. O como dice el refrán: a donde fueres, haz lo que vieres.

Botellón casero


Un año después de las leyes antibotellón en este alcohólico paí­s y los botelloneros siguen finde tras finde bebiendo en las plazas de Andalucí­a, no sé en el resto del territorio.
La única diferencia está en que si quiero bajar a comprar un litro de cerveza o de vino al kiosco lo tengo que hacer antes de las diez de la noche, lo que es un engorro cuando se te calienta el pico y se te acaban las reservas en casa y entonces pasas por al lado de los botelloneros que beben en la plaza porque compraron las botellas a las seis de la tarde en el hiper, y cuando llegas al kiosco te dicen que las bodegas de nuestros gobernantes son grandes y que a ellos les aguantan hasta la mañna siguiente.
Hay que joderse.

La ley seca y las dobles morales


Por Mon Magán, realizada con redmead

Vacaciones en el bar


Si las vacaciones sirven para algo, que no sea para estresarse más que con el trabajo normal, es para encontrarte con los colegas que no ves desde hace tiempo. Entonces, y sólo entonces, es cuando unas vacaciones aburridas, o extresantes se convierten en divertidas y entrañbles. Entre copa y copa los recuerdos brotan a borbotones. Las risas lo acompañn y el sentimiento de empatí­a ante los conflictos cotidianos viene a continuación. Lo peor es el sabor de boca que te queda al final cuando te das cuenta de que casi todo ha cambiado tanto que ya no se parece en nada a aquello de lo que hablas, que todos somos tan distintos que si cambiáramos de tema o no lleváramos unas copas serí­amos incapaces de cruzar más de veinte frases seguidas. De que tu aburrida no le interesa lo más mí­nimo al aburrido que se empecina en contarte la suya, que tampoco te interesa una puta mierda. Y que todos tenemos demasiadas cosas en la cabeza como para pasarnoslo bien con todo ese ruido dentro de la olla. Me refiero también a como cuando todo era la mayor aventura de la .

De cualquier modo estas reuniones etí­licas son algo de lo que difí­cilmente podrí­a prescindir en unas vacaciones tan aburridas como ajetreadas, y dan un buen rollo…