
-Que bien te veo Juan.
-Claro, porque tienes gafas.

Curiosas coincidencias de la vida.
La capilla coincide con el acceso a la sala de curas y yesos.
No podía ser de otra manera.

Lo bueno de vivir a un costado de la realidad es que puedes hacer pequeñas incursiones periódicas y controladas, bañarte en los ríos comunes con todas esas viejas gentes conocidas de otras batallas, eliminando, por el mismo precio, el cansino roce de la cotidianidad. Recoger los más bellos frutos en forma de predisposiciones y acicalamientos diversos de las gentes ahora brillantes al ser contempladas tras este mágico prisma, aderezado si es posible con alguna salsa exótica en forma de festividad o asueto. Gentes controlando sus bilis mediante sonrisas tatuadas, preparadas para durar las horas necesarias y previamente programadas, para al más mínimo atisbo de cansancio, encaminarse al refugio del buen recuerdo y del mejor descanso.

Nunca se nos dio el privilegio de no hacer nada, y se nos inculcó la culpa si momentáneamente caíamos en la tentación. No hacer nada es en realidad hacer algo, y es algo que nos ganamos cada poco tiempo. Y tenemos que exigirlo y disfrutarlo. No producir es una necesidad y una de los mayores placeres y lujos, reservado sólo para las élites nobles y acaudalados en general. Es el arte máximo de dedicarte tiempo a ti mismo, o mejor… de no dedicárselo a nadie más, ni a nada.
Nos da miedo lo desconocido, la incertidumbre y los monstruos que hay en nuestra cabeza (ya sabemos que el sueño de la razón produce monstruos, por eso me encanta este grabado). Luego, en la práctica nunca nada es tan terrible como en nuestras peores pesadillas. Es algo que vas aprendiendo a medida que vives. Eso es lo mejor. A medida que envejeces tienes mas claro lo verdaderamente importante de la vida y lo que es un rollo, y no tienes que prestar la menor atención. En eso, y en otras mucha cosas, quien más me ha enseñdo en la vida ha sido mi gato Guille, pero eso quizás os lo cuente otro día.