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Teorí­a de la baja exposición

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Lo bueno de vivir a un costado de la realidad es que puedes hacer pequeñas incursiones periódicas y controladas, bañarte en los rí­os comunes con todas esas viejas gentes conocidas de otras batallas, eliminando, por el mismo precio, el cansino roce de la cotidianidad. Recoger los más bellos frutos en forma de predisposiciones y acicalamientos diversos de las gentes ahora brillantes al ser contempladas tras este mágico prisma, aderezado si es posible con alguna salsa exótica en forma de festividad o asueto. Gentes controlando sus bilis mediante sonrisas tatuadas, preparadas para durar las horas necesarias y previamente programadas, para al más mí­nimo atisbo de cansancio, encaminarse al refugio del buen recuerdo y del mejor descanso.


No hacer nada

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Nunca se nos dio el privilegio de no hacer nada, y se nos inculcó la culpa si momentáneamente caí­amos en la tentación. No hacer nada es en realidad hacer algo, y es algo que nos ganamos cada poco tiempo. Y tenemos que exigirlo y disfrutarlo. No producir es una necesidad y una de los mayores placeres y lujos, reservado sólo para las élites nobles y acaudalados en general. Es el arte máximo de dedicarte tiempo a ti mismo, o mejor… de no dedicárselo a nadie más, ni a nada.


Mi cabeza da vueltas…

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…planeando un nuevo orden mundial.


El sueño de la razón produce monstruos

suenrazonNos da miedo lo desconocido, la incertidumbre y los monstruos que hay en nuestra cabeza (ya sabemos que el sueño de la razón produce monstruos, por eso me encanta este grabado). Luego, en la práctica nunca nada es tan terrible como en nuestras peores pesadillas. Es algo que vas aprendiendo a medida que vives. Eso es lo mejor. A medida que envejeces tienes mas claro lo verdaderamente importante de la vida y lo que es un rollo, y no tienes que prestar la menor atención. En eso, y en otras mucha cosas, quien más me ha enseñdo en la vida ha sido mi gato Guille, pero eso quizás os lo cuente otro dí­a.


Ahora quiero ser…

Esta mañna casi me duermo en el autobús y me paso la parada del curro, estaba tan cansaaaaaadddooooo!!! Muchas horas después, de vuelta a casa, mientras en mi ipod sonaba “I wanna be your dog“, caminé un rato junto a dos adolescentes siniestras unidas por una cadena. Me alejé en un semáforo mientras trataba de imaginar como le pedirí­a la chica pasiva a su amiga que la condujera de su muñeca por la vida.


En el bus

Estos dí­as de frí­os y excesos, que hemos dejado atrás, también suponen dí­as de idas y venidas, de autobuses, para los que no dedicamos parte de nuestros ingresos en tener un coche propio.
Horas de esperas y asientos compartidos con desconocidos, distintas historias, otros mundos a un par de centí­metros.
La foto ilustrativa es del dí­a de ida, que viaje delante, al lado de un judio hortodoxo que no dejo de leer un librito pequeño.
El último viaje fue bastante curioso. Viajé en el gallinero, junto a una pareja de jóvenes lesbianas, mientras el conductor, micro en boca, protagonizo un monólogo de un cuarto de hora, digno del Club de la Comedia. La gente reí­a a carcajadas con las ocurrencias del conductor, mientras mis compañeras de sillón mezclaban apasionadamente sus lenguas en la penumbra.