Lo vi fugazmente
en el concierto de Reincidentes, el viernes, allá en la fiesta del
PCA. ¡Dioses!, era la imagen del poder de la libertad; era el Capitán.
-¡Tenéis que jurar la bandera de la República!- les aconsejaba a los
saltarines. Algunos besaban la bandera, y hasta se peleaban entre
ellos por ser el primero en tenerla en su boca. -¡Viva Rute!- Danos
tu bendición, Capitán -le imploraba a gritos alguno que brincaba y
brincaba. También yo daba cabriolas, pateaba y saltaba, ahora al norte
ahora al suelo; besa el barro, toca el cielo. Tenía ante mí al Capitán
República, enfundado en su bandera. ¡El poder para el pueblo! La terrible
franja morada, la franja por la que murió mi abuelo... ¡Y esos fachas
malamadres no habían pagado! Tenían que pagar, tenían que pagar. El
brillo de la venganza cobró vida en mi mirada. Una vez besé la bandera,
me retire de la presencia del Capitán República y caminé hacía las
tinieblas; éste me había hecho ver la luz, ahora tenía una misión.
-La raíz cuadrada de 121 es 11 -le dije a una pava que tenía a mi
lado, la cual me respondió con un "pervertido" y un bofetón; impacto
cual desequilibró mi metabolismo y me hizo vomitar cual niña que se
echa su primer caracol a la boca. Esos putos fachas tenían
que pagar. Salí del recinto, crucé entre la lluvia que caía sobre
el Arenal, embarrado todo mi ser tras repetidos tropiezos y caídas
sobre grumos y diferentes mezclas de potas y tierra amarilla. Estaba
ante mi coche, pero no encontraba las llaves. -Mierda -dije, y lancé
una piedra contra la ventanilla delantera derecha. Me corté, torpe
y bebido de mí. -Ja, ja -reía, porque ahora creía que yo era el Capitán-.
¡Os mataré a todos! -Y le hice un puente a mi propio coche. Ahora
estaba en Ciudad Jardín; como todos los comunistas y anarkos los suponía
en la fiesta del PCA, era deducción de mi mente drogada que no encontraría
en los baretos de la zona sino fachas buscamierdas. Entonces lo vi,
un PASSAT CO-AV con una bandera fascista en la trasera, y una sombra
abriendo la puerta del conductor. Me lancé contra él, navaja en mano.
-¡Toma cabrón! ¡vas a pagar, vas a pagar!- Sus tripas volaban por
los aires, al ritmo de las cuchilladas. Melodías de Strauss en mi
cabeza me llamaban a la irrealidad y aunque me enredaba en sus intestinos
y me bañaba en su mierda cuasidigerida era feliz. -¡ Muere, cerdo!
¡muere! ¡Tú mataste a mi abuelo! ¡Puta escoria de mierda de...- Entonces
paré. Le miré la cara: -¡Pero si es un moro!- Me encuentro ahora en
mi celda, pero no en la de mi tierra natal, sino en la de Barcelona.
¡Y estoy en el ala de los cabrones nazis, y los muy cerdos me protegen!
Manuel
Manzano Maolin 