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Había
una vez, en un país del que nadie se acuerda, un valle
sombrío, encajonado entre tres montañas siniestras que
se alzaban como los colmillos de un terrible Dios. En
el valle no existía vegetación, ninguna en absoluto;
sus sembrados eran de piedras y guijarros. Constantemente
cubierto de nubes, casi nunca se llenaba con la luz del
Sol. En aquellas montañas no había nieve, nunca nevaba
sobre ellas; en el valle tampoco había ríos ni lagos,
la única fuente líquida era un antiguo pozo, un agujero
en el centro de la gran hondonada, como un desagüe. En
su fondo reposaba un agua oscura y de sabor vasto. Aquel
valle parecía una mancha de ceniza entre las montañas.
No
había animales ni personas, nadie pasaba por allí... su
único morador era un guardián y su mujer, el Guardián
del Valle.
Su
nombre, Sor. Un nombre sobrio para un hombre sobrio. Tenía
cincuenta años, pero aparentaba ochenta. Cuidaba del valle,
lo que más quería en el mundo, porque era suyo, lo único
realmente suyo.
Sor
vivía en una casita achaparrada con su esposa, Sara. Ella
había perdido, a sus cuarenta y siete años, el brillo
de la esperanza. Llegaron al valle tras un viaje que duró
veinte años. De un lugar a otro, de una villa a otra,
de un país a otro. La mala fortuna se había cebado en
ellos. Cuando parecía que todo marchaba bien, surgía un
golpe de mala racha; o era la peste, de la que huyeron
durante mucho tiempo, o la quiebra del empleo de su esposo,
o un delito imputado injustamente. Hasta acostumbrarse,
hubo mucho dolor y amargura, destrozándose sus esperanzas
una y otra vez. Pero cuando aprendió a vivir con
aquello la amargura persistió, pero el dolor pasó a ser
dejadez e indiferencia, más bien hastío, por todo lo que
ocurría a su alrededor.
Y
llegaron al valle. Llegaron justo cuando el último morador,
que había vivido en la misma casita, moría a los ciento
quince anos. Le vieron agonizar, y sus últimas palabras
estaban dirigidas a ellos: "Quedaos", les dijo.
Lo enterraron y ocuparon aquella casa. El anciano había
permanecido en el valle desde los quince años, sin salir
casi nunca de é1. Nadie dijo nada sobre suplantar al viejo,
revelarle de su puesto, pero Sor continuó la tarea del
muerto y la continuaría hasta el fin de su vida. Aquello
era algo que nunca habían mencionado, pero que sabían
desde el instante en que llegó a la casa: que sería el
nuevo Guardián.
Sor
trabajaba en una cantera de pizarra, en uno de los tres
colmillos, sacando sólo lo necesario para subsistir. Una
vez al año bajaba al pueblo más cercano (a unos veinte
kilómetros) y vendía la pizarra, con lo que compraba
víveres hasta la próxima bajada. Y aún cuando sólo
salía del valle por esa razón, tardaba lo menos posible
para seguir guardándolo, como si alguien pudiese arrebatárselo
en su ausencia.
Así
pasaron los años, y a medida que iba envejeciendo, Sor
sentía que debía dejar un heredero que cuidase el valle
como él lo hacía, esperando ya la segura muerte. No tenía
hijos, y ansiaba fervientemente un varón que perpetuase
su misión. Pero éste no llegaba, y Sor se desesperaba
día tras día.
Aunque,
como dice el viejo dicho, todo lo que es buscado es encontrado.
Y Sor encontró lo que buscaba. Su mujer se quedó encinta
y en el desierto de su rostro se dibujó una sonrisa, forzada
y torpe por la poca práctica, pero una sonrisa al fin
y al cabo. Sor se imaginaba día tras día cómo le enseñaría
e inculcaría a su futuro hijo la admiración por
aquella tierra, y la responsabilidad para con ella.
Una
tarde Sara dio a luz, y sintió algo que nunca habla sentido:
felicidad, y un amor inmenso por su criaturita. Pero cuando
le tendió el bebé a su esposo, no encontró en el rostro
del hombre muestra alguna de alegría, sino sólo
una mirada dura como el acero. Sor, con el semblante oscuro,
ahogó al recién nacido con sus dos fuertes manos, ante
los ojos de Sara. Luego arrojó la pequeña criatura al
negro fondo del pozo. No era un niño; era una niña.
Tras
la desesperación y la histeria por lo ocurrido,
Sara cayó en una profunda depresión de la que nunca jamás
salió, más allá del odio y la tristeza, y aunque le repugnaba
la presencia de su marido, éste la obligó a seguir con
el intento de tener un hijo varón.
En
aquella yerma tierra, amparados por la penumbra, nacieron
tres criaturas más. Las dos primeras fueron hembras, que
no vivieron más de veinte minutos en el valle, siendo
arrojadas a la oscuridad del pozo, como semillas de muerte
que hacían germinar la maldición del valle. El tercero
fue un varón. Nació a costa de la muerte de su madre,
que falleció en el parto, como si no quisiera contemplar
el motivo de la pérdida de sus tres niñas, sus tres perlas.
Y
su padre, Sor, le llamó Zanndazz, que en su idioma significaba
"Roble". Pero a medida que crecía, Sor se daba
cuenta de que su hijo era lo menos parecido a un roble.
Zanndazz debería haber reído y cantado, tal era su naturaleza,
pero no conocía ni el canto ni la risa. De aspecto débil,
gustaba de perderse en ensoñaciones y eso le preocupaba
enormemente a su padre, pues comprendió que su hijo escaparía
del valle en cuanto tuviese ocasión. Estaba claro que
su deseo de conocer mundo era mayor que el de guardar
aquella dura y noble tierra. Así que ideó un plan.
Le
inculcó a su hijo que el mayor valor que un hombre podía
tener era su honradez, y que no debía nunca, bajo ningún
concepto, romper una promesa. Zanndazz no hizo demasiado
caso de las enseñanzas de aquel hombre, pero esto último
se le quedó grabado en mente y espíritu. Largos años de
tesón empleó Sor para marcarle esa idea en la frente.
Un
día de niebla, Sor, ya viejo, se levantó con el semblante
de acera, miró a su hijo de una extraña manera, como nunca
lo había hecho, y salió a trabajar a la cantera.
Zanndazz
fue a buscarle, como cada día, al caer la tarde, y se
lo encontró caído al pie de uno de los colmillos. Debía
haberse precipitado por la falda de la montaña, a pesar
de su pericia como escalador. Corrió hacia él, encontrando
a su padre moribundo. Aún sin fuerzas, Sor agarró a su
hijo con un vigor sobrehumano, por los hombros, y le pidió
un favor, la última voluntad de un muerto, la que siempre
debe cumplirse. En susurros, le pidió su promesa y su
palabra de que guardaría el valle hasta el fin de sus
días, sin irse de él. Aplastado por una tristeza y un
terror indescriptibles, Zanndazz le respondió, y su padre
murió tranquilo y en paz.
Zanndazz
creció y vivió en aquella tierra yerma, solo, más solo
que nunca, obligado a guardarla por un juramento que le
había arrancado el alma cuando salió de sus labios. Estaba
condenado por él mismo a permanecer en una tierra maldita
a la que odiaba y a la que temía enormemente, porque iba
minando su deseo de vivir. Pero al mismo tiempo, en su
interior bullía un fuego que le abrasaba día tras día,
que le sumía en un sufrimiento terrible: Zanndazz anhelaba
la libertad.

Un
día encontró algo que le produjo muchísimo júbilo. Zanndazz
encontró el mayor tesoro que jamás había imaginado: un
amigo, un águila. La halló en uno de los numerosos pedregales
del valle, tirada, aleteando nerviosamente, con un ala
rota. Zanndazz había oído hablar a su padre de algunos
animales, pero contadas veces, pues Sor no quería imbuir
en el chico más curiosidad por el mundo exterior de la
que ya sentía. A pesar de ello, reconoció en la hermosa
criatura la majestuosa estampa del Águila Real. Lo recogió
tiernamente, como si fuese de porcelana, y se lo llevó
a su casa. Allí cuidó de ella, deleitándose en observar
sus movimientos, su mirada. Los dos se hicieron amigos
y al final acabaron comunicándose, no haciendo falta los
sonidos.
Un
día el águila le hizo saber que quería marcharse, volver
a sus montañas, con los suyos, que quería sentir la majestuosidad
del cielo. Zanndazz comprendió que aquel amigo, el único
que tenía, la única cosa que daba sentido a su vida, se
marcharía y le dejaría solo. Así que, rompiéndosele el
corazón, lo encerró en una jaula tal como hizo su padre
con él mismo tras los barrotes de un juramento que no
podía quebrantar.
Pasó
el tiempo y el águila languidecía en su jaula. Una jaula
de oro y plata, con grandes trozos de carne de la más
selecta calidad, cosas por las cuales Zanndazz había trabajado
el cuádruple de lo normal en la cantera de pizarra. Lo
lavaba y limpiaba cuidadosamente, y cuidaba de su salud
con más empeño que de la suya propia. Quizá quería hacerle
olvidar que se encontraba encerrada, y así olvidarse él
también de su propio encierro, pero al fin y al cabo,
el águila, majestuosa, hecha para volar y surcar los cielos,
segura encarcelada, aunque fuera dentro de una jaula dorada.
Con
el tiempo, dejaron de ser amigos, pues la tristeza del
águila no permitía la amistad. Aquella tristeza fue profundizando
poco a poco hasta el fondo de ellos y muchas veces los
dos lloraban en silencio la libertad perdida, uno en su
almohada y otro en su jaula.
Pero
un día, con la madrugada, Zanndazz supo lo que debía hacer,
y soltó al águila, sin decir palabra. El águila echo a
volar, y, sin darse cuenta, olvidó despedirse de aquel
que le había salvado la vida, le había cuidado y había
sido su amigo. Sólo tuvo sentidos para la enorme vastedad
del cielo, olvidando al que continuaba encerrado.
Para
Zanndazz, ahora la tierra que cuidaba se volvió más áspera,
más dura, le pareció que las nubes nunca se apartaban
para dejarle ver el cielo, y se las imaginaba como la
tapa del ataúd que era el valle. Su vida consistía en
una rutina mecánica: levantarse, trabajar en la cantera,
recorrer el valle para guardarlo, volver a la casa y dormir.
Cada día le producía más repugnancia y asco su vida, pero
no podía hacer nada para cambiarla. Estaba obligado por
un juramento.
Cuando
las barbas le llegaban hasta el pecho y las arrugas abundaban
en su cansado cuerpo vio aparecer en el cielo un punto
que cayó en el centró del valle. Zanndazz fue hasta él
con la ilusión en los ojos. Se trataba del águila, su
único amigo, que había venido a morir allí. En los últimos
años de su vida, el águila sintió que tenía una deuda
pendiente con su amigo y salvador humano. Quería morir
junto a él, en aquel valle. Y Zanndazz lo comprendió todo
nada más ver los ojos acuosos y tiernos del majestuoso
animal. Se miraron y un vinculo, más fuerte aún que la
muerte, los unió. Zanndazz enterró el águila y lloró,
pero no de pena, sino de emoción.
Pasaron
los anos y primero fue un brote, luego un saludable tallo
verdusco, luego un lozano arbolillo y después un árbol
en todo su esplendor. Nació y creció sobre la tumba del
águila, y en lo majestuoso de su porte recordaba al águila
real. Era un roble, y Zanndazz lo contempló maravillado,
desde que brotó hasta su plenitud. Se tumbó bajo el árbol
y durmió, bajo la fresca sombra de las ramas. Soñó que
volaba en libertad por el cielo y dejaba el valle. Sus
sueños eran tan nítidos que se acongojaba cuando despertaba.
Zanndazz ya no trabajaba la cantera, y se había olvidado
del valle, igual que un náufrago en el mar se olvida de
éste cuando encuentra una isla. Y pasaba todo el tiempo
soñando bajo el árbol. Pero los sueños, sueños son. Porque
Zanndazz quería volar realmente, sin temor a despertarse
y acabarse así la maravilla. Y eso no era posible. Tan
sólo la muerte podría liberarlo.
Un
día descubrió que el árbol comenzaba a dar sus frutos,
y de sus flores hinchadas caían unas bellotas color crema.
Zanndazz pensaba que las bellotas sabían amargas, pero
cuando comió una de las de su roble, no le supo así, sino
de un sabor tan dulce que le cortó la respiración. Cerró
los ojos y se separó de aquel valle ceniza, de una forma
real, y el fuego de libertad que había dentro de él
escapó a su control y salió como un río de lava que todo
lo arrasaba. Contempló cómo ardía el valle bajo unas llamas
de tal intensidad que eran capaces de consumir el mar.
Después viajó por un abismo de negrura hacia una luz que
parecía inalcanzable y que le deslumbraba con su poder,
su fuerza y su amor, que le iluminó por completo. Entonces
supo que era de verdad la libertad, y se sintió libre
de toda atadura. Ya no era Zanndazz; Zanndazz había quedado
inerte bajo un hermoso roble que fue el primero de los
miles de vegetales que poblaron tiempo después el valle
entre los colmillos, cuando las nubes se apartaron y entró
el Sol, cuando nevó sobre las montañas.
Y
llegó la oscuridad. Y con ella el tiempo. Enseguida vivió
millones de siglos en la negrura. Entonces, llegado un
momento indeterminado, la oscuridad cambió, la nada desapareció
sustituida por un calor y bienestar sin límites. Se encogió
y encogió, tal como se lo dictaba su instinto, y después
empujó y empujó hasta que su envoltura se rompió. Descubrió
unos ojos muy grandes que le miraban y a sus hermanos,
saliendo de los huevos, tal como él lo había hecho. Sus
padres le trajeron comida y le cuidaron, y con el tiempo
aprendió a volar y surcó el cielo, quedando empequeñecido
ante la gloria del cielo y las alturas, en total libertad.
Un
día, movido por una irresistible atracción, voló hasta
un valle perdido entre montañas, un paraíso donde los
animales y los vegetales convivían en perfecta armonía.
En una de las tres montañas, coronadas por la blanca y
pura nieve instaló su nido, y cuando sintió que se moría
de viejo, no quiso hacerlo allí, sino que bajó al centro
del valle y se pasó en una de las ramas de un enorme roble,
donde cerró sus ancianos ojos para siempre
Andrés
Díaz Sánchez 
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