número ocho | diciembre 2000 | web 26/36 AnteriorPortadaSiguiente

mundo miseria

   
 

(Viene del anterior)

- IV -

Desde el día en que vi la película Betty Blue de Jean Jacques Beineix, aparte de enamorarme locamente de Beatrice Dalle, definí perfectamente mi mujer perfecta.

Siempre creí en la búsqueda de un ser idílico, pero real, que sí bien no defines con rostro, nombre y apellidos, si lo haces en cuanto físico, comportamiento, ideas e incluso sabes como reaccionaría en determinadas situaciones que tú ya has soñado.

Yo tenía claro como sería mi Betty Blue, hasta que llegara a encontrarla, podría pasar por las camas de media humanidad, pero sólo ella sería mi elegida. Una joven espontánea, bella, atractiva, viciosa, muy inteligente y con un halo a su alrededor, emanado por ella misma.

Todo esto recorría mi mente mientras bajaba por las escaleras al pub. No pensaba encontrarla allí, aunque... La impresión fue eso. ¡Impresionante! El local se encontraba a reventar de gente. Chicas, muchas chicas de todos los tamaños.

Intenté, poniéndome de puntillas, hacerme un poco con la situación, pero era totalmente imposible. Bebí y abordé alguna, sin ningún resultado. No era Jean Dean pero ¿Qué coño veían de mi?

Cuando volvía a mi casa, me salió un tío de un coche, se me acercó, me cogió del brazo y poniéndome una navaja en el estomago, me dijo: "Tranqui colegita".

- V-

Las chicas guapas nunca te comen la polla. Las chicas guapas son hermosuras frías, inmóviles, como estatuas de sal que nunca fruncen el ceño o pronuncian palabra alguna.

A veces tienes que elegir entre una guapa y una del montón que se lo hace. A veces no sabes si llorar o vender tu alma al diablo. A veces lo único que sabes hacer es ponerte frente al espejo y gritar "Idiota".

- VI -

Me viene a la mente el día que vendí mi moto, la moto con la que trabajé de mensajero durante más de cuatro años y pico.

No podré olvidar todos los excepcionales momentos que pasé con ella. También hubo momentos jodidos pero por alguna extraña razón esos se suelen recordar mucho menos.

Aquella Vespa de 125 cc. Me la compré con los ahorros de todo un año. Ya sabes, ñapas por aquí, ñapas por allá.

El día que la vendí, el mismo que dejé la mensajería, me juré no montar nunca más en otro moto. Después como es normal si que volví a montar. Cuando ahora recuerdo el momento de hacerme aquella promesa, no puedo sino compararme con aquellas princesas medievales que muerto su amante se encerraban en un convento. Claro que la puerta del convento se cierra por dentro.

(Continuara)

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