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Opinión
El
Ácrata Semanasantero
La
feria, fiestas, no sirven más que para ver cómo evoluciona
la cultura del pobre, cómo de un año para otro quedan
obsoletos los medios de diversión, cambiando según dicta
el mercado; Vi unos latinoamericanos (de Ecuador; aunque
algún accitano comentaba: "vamos a ver a los japoneses"),
que intentaban vender sus abrigos y trencas de lana en
una de las zonas más deprimidas de toda Andalucía (y de
España, pero que más da: las minas de Alquife -recuerdo
su cine, esperando al fin de semana para ver las películas
de serie B, la piscina, los amigos, y su biblioteca: un
pequeño armario lleno de libros sin leer, sus calles,
colmadas, de una polvorienta tristeza-, la única explotación
minera de nuestra provincia, está en peligro de cierre,
y mientras, la comarca entera permanece en un movimiento
"parado", eso sí, intentando mantener cada uno su calidad
de vida -"calidad de vida", suele referirse al número
de cuartos de baño, al de teléfonos, incluso al de televisores
o de automóviles, y no es eso: la calidad de vida pide
un confort interno y un sentido de la libertad, y un conocimiento
y una información; así, respecto a las minas, saber despertar
y reivindicar a tiempo-), llegando no sé cómo desde sus
países arrasados y devastados por los "santos colonizadores"
(colonizaciones: etapa álgida del capitalismo) quinientos
años atrás (hace unos días, un amigo me comentaba que
la guerra, la lucha -de clases, motor de la Historia-,
la conquista, ha sido -y será, apostilla- el motor que
ha movido el mundo, basado en la supremacía de un país
sobre otro por medio de la fuerza: ya dijo Nietzsche -La
genealogía de la moral, Alianza Editorial, pp 76-: "Ver
sufrir produce bienestar; hacer sufrir, más bienestar
todavía -ésta es una tesis dura, pero es un axioma antiguo,
poderoso, humano-demasiado humano, que, por lo demás,
acaso suscribirían ya los monos; pues se cuenta que, en
la invención de extrañas crueldades, anuncian ya en gran
medida al hombre y, por así decirlo, lo «preludian». Sin
crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua,
la más larga historia del hombre -¡y también en la pena
hay muchos elementos festivos!-"), y, quinientos años
después, volviendo a su antigua metrópoli que un día les
llevó la religión (claro: ¿Cuántos ayatolás vemos en occidente
intentando convertirnos al islam? ¿Y viajes del Papa a
los "pobres moros" argelinos?), cultura (con la II República
se empezó a creer que la historia de España empezaba en
el conjunto de moros, judíos y romanos; que la reconquista
y el destrozo de las otras culturas había sido un desastre),
y lengua.
Y
aún continua la toma de la embajada japonesa (Estos japoneses:
un último modelo de "truck" (todo terreno), se llama "Pajero":
claro, de pan, panadero, de carne, carnicero; de paja,
pajero) en Perú, por unos representantes del MRTA (Movimiento
Revolucionario Tupac Amaru), claro, que allí tienen a
Fujimori (pro aquí tenemos a nuestro "Fujimari"), en una
de las zonas más deprimidas de Hispanoamérica.
"Malos
tiempos aquellos en los que hay que luchar por lo evidente",
decía Ernesto Guevara: lo mataron. Se cierran una minas,
productivas durante más de cien años, y, en los "años
dorados", en vez de reinvertir en la zona en empresas
alternativas, para cuando esto ocurriera, se enriquecieron
y se fueron, con total educación (la que les faltó, según
dice Muñoz Molina -"El País" Sábado, 25 de Enero 1997-,
a los mineros en sus manifestaciones en Granada: prefiero
esta falta de educación a aquél exceso de los dirigentes
con los bolsillos llenos de dinero); el atraso considerable
de la comarca accitana; se necesitan terrenos para ampliar
una empresa accitana, y ésta tiene que huir hacia Purullena;
Land-Rover, UNED, Conservatorio Superior de Música, todo
desaparece, en Guadix (¡parece que es un inverso rey Midas
a quien se le hace estiércol todo lo que toca!).
Aunque,
claro, mejor taparse los ojos, la boca, los oídos:
como los tres monitos de la sabiduría. Un amigo me comentaba
que no me quejara más: que nada se critique, que nuestros
políticos quieran sumir (más) a la comarca en la pobreza.
El reino feliz de ver, oír y callar.
Antonio
Gómez Soto 
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