número tres | marzo 1997 | papel 36/43 AnteriorPortadaSiguiente

Edición en papel

Luces

Relato

Había decidido, aquella mañana, galopar sobre las crines de la histeria, siendo más que un jockey, más que una amazona, siendo casi Pegaso. De un salto me puse en pie, abrí los brazos y besé a mi amada envuelta aún en el mar blanco de las sábanas de la cama. El sol ya entraba por la ventana, acercándome a esta, pensaba en las pasadas transformaciones del último cuarto de hora. Ahora Pegaso convertido en elixir de pasión descendía del cielo cuales migas de pan, ofrecidas por un generoso dios bienhechor. Así era yo, esclavo y señor de todo lo situado entre el bien y el mal, ángel tormentoso disfrazado de eunuco azul, con el falo más enorme y las manos más dóciles siempre al servicio de mi dormitante amada.
Así era yo y decidido a estar bien abrí mi alma al mundo y la dejé volar.
El niño eleva la música del compact-disc para no escuchar a los caballos que briosos e inquietos, dentro de él, agitan sus patas provocando un infernal ruido, el niño ya no lo es tanto, ya no se esconde detrás de un muro de sebo y barro, ahora es dios, un dios asesinado, un ser singular que no se atreve a articular palabra, que ni tan solo mueve un solo dedo en estos momentos ya que podría generar el fin del mundo.
Aquí estoy hoy, como Pegaso mirando desde mi esplendor el muro de ruina y odio edificado por los niños asustados y ocultos en las almas de las criaturas que como yo solo aspiran a ser felices.
En este momento mi amada se acaba de despertar y extiende sus brazos mientras bosteza, y se oculta entre las sábanas, y decide ser mía. Ángeles cantando a nuestro alrededor, un buen puñado, con laudes, clavicordios y flautas dulces, por ser estas más rectas.
Ante el coro celestial Pegaso descendió hasta las profundidades de Bella, cayó la tarde del tercer día, y como el anterior no hubo sodomización. Apenas quedaba queso en la nevera y aquel infernal niño del paraíso contigo hacía demasiado ruido con su maldito disc-man.
Era invierno, aunque no recuerdo cual, la calle estaba tan desierta que encontramos a mil personas en nuestro cuarto de baño, apelotonadas esperando no se qué, puede que lo que todo el mundo, un rincón para apoyarse y descansar alternativamente primero una pierna y luego la otra.
Me vestí de marrón pero a Bella no le gustó. Cambié pues el color de mis alas y el cinturón. Mi amante preparaba aquel maldito queso para comérnoslo, cuando el creador, en un gesto de amabilidad ilimitado dejó caer varias tabletas de carne de membrillo Spar. Que más podíamos pedir, ahora que éramos súper felices, que buscar que de significado a una vida sino que el amor con dulce.
Las farolas de todo el paraíso se apagaron, el sol comenzaba a despuntar sólo para anunciar un nuevo día. Bella y yo aún hablábamos, no recuerdo de qué. Con el pelo ataba mis manos, con su lengua tapaba mi boca, no habíamos parado de hablar y besarnos en toda la noche, pero el nuevo día pronto exigiría mis nuevas transformaciones. Le pregunté a Bella que prefería que fuera hoy, ella respondió que ave y ave fui, después el calor me condujo hasta las luces.

Mon Magan Ficha autor


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