Cogí
lo que quedaba de mi brazo derecho del suelo y salí
corriendo sin pararme a pensar. ¡Lejos, lo más lejos
posible!. Oí gritos y disparos, llantos y explosiones.
Todos disparaban sin saber a dónde ni a quién. Yo ya
no podía. Yo ya no tenía brazo.
Mirase donde mirase, veía muerte, destrucción y caos.
Era una guerra y nosotros, los Cascos Azules, los estúpidos
Cascos Azules, nos habíamos metido en medio, como el
jodido Pedro por su casa. ¿Por qué me extrañaba entonces
que nos hubiesen recibido a balazos?.
Pronto me cansé de correr. Me detuve en un oscuro callejón
inundado de sombras en el que pocas cosas se mantenían
en pie y enteras. Me quité el chaleco e improvisé un
cutre vendaje. Contemplé unos instantes mi brazo amputado
y cuando no pude soportar más su presencia, lo lancé
lo más lejos que pude. Lejos, pero no muy lejos. La
cabeza me daba vueltas.
¡Guerras de mierda!, empezaban dos una pelea y lo pagaban
los demás. Los líderes nunca se arriesgaban, siempre
sobrevivían para poder continuar sus guerras y para
que niñatas como yo perdiésemos los brazos. ¡Ojalá le
hubiese hecho caso al machista de mi padre!. "El ejercito
no es para las mujeres". Miré mi hombro, la hemorragia
se estaba deteniendo. La sangre había manchado mis cabellos
y les proporcionó una tonalidad roja más oscura de la
que ya poseían de por sí, al natural. Allí estaba yo,
con mis veintiún años. Sin brazo. Escondida detrás de
un coche carbonizado. Una mezcla homogénea de terror
y tristeza.
Entre el frío y el cansancio me estaba quedando dormida.
¡No!, no podía quedarme dormida. Probablemente no despertaría,
pero estaba tan cansada... Un disparo me espabiló. Sonó
cerca pero no vi a nadie. Comer. Tenía que comer algo,
había perdido mucha sangre. Bebí de la cantimplora y
comí una chocolatina. La hemorragia se me había parado
del todo. No me podía rendir, eso sería darle la razón
a mi padre y a tantos otros.
Era una misión humanitaria, quería ayudar pero además
quería demostrar que las mujeres somos iguales que los
hombres. ¿Era ese el precio que tenía que pagar?. Cruel
precio y cruel aquel que le puso precio. Para mí ya
nada tenía sentido. ¡Qué mundo tan extraño este en el
que nos vemos obligados a demostrar lo obvio!.
¿Dónde estaban los demás Cascos Azules?, no podían haber
muerto todos, éramos veinte y antes de huir sólo vi
caer muertos a cinco o seis. Seguramente los que seguían
vivos estaban tan solos y perdidos por la ciudad como
yo. Tendría que venir un grupo de rescate o algo de
eso. Quizás no. No lo sabía. De todas formas no me podía
quedar allí, me tenía que atender un médico. El campamento
base no estaba muy lejos pero estaba totalmente desorientada.
Me puse en pie con la intención de descubrir la dirección
a tomar. Un balazo hizo que volviese al suelo, un asqueroso
francotirador. Tuve suerte de reaccionar a tiempo. Estaba
sola, perdida y atrapada.
Me habían hablado mucho de los francotiradores pero
nunca creí que me fuera a topar con uno. Hombres que
lo habían perdido todo, mercenarios... En cualquier
caso gente desalmada cuya única función y dedicación
era matar. A cualquiera. ¿Cómo se podía ser así?. ¿Tanto
odian la vida de los demás?. Intenté asomarme para averiguar
dónde se escondía pero nada, otro balazo. Pasaron horas.
Él disparaba de vez en cuando para darme a entender
que seguía allí y no tenía prisa. Creo que me acostumbre
a su presencia, a la presencia de la muerte. Solos los
dos. Luego note a alguien más. Ese alguien me tiraba
piedrecitas... ¡Jerome!.
Cuando lo vi, me empezó a hacer señas. Estaba en el
extremo opuesto de la calle por el que yo había entrado.
Jerome era un soldado francés muy simpático. Hablaba
el español con ese acento tan romántico. Era el único
con quien conversaba en mi "tiempo libre". Tenía veintitrés
años y se iba a casar en primavera. Tan simpático era
que nos había invitado a mi y a mi novio a su boda.
Una vez me dijo que si no estuviese enamorado ya se
hubiera enamorado de mí. Era tan simpático...
Vi cómo desenfundaba su pistola y se dirigía con cautela
hacia mi, pegado a la pared. Lo perdí de vista. De repente
hubo un intercambio de disparos y luego... silencio.
Un escandaloso silencio. Me temí lo peor. Pero no, apareció
de sopetón a mi lado.
- Ese cabrón está en la segunda planta, tercera ventana
empezando por la derecha.- Lo dijo con toda la naturalidad
del mundo. Se percató inmediatamente de que me faltaba
el brazo no obstante no aumentó mi pena con preguntas.
Me abrazó y me reconfortó. Por primera vez en todo ese
tiempo lloré. Luego, más calmada, descubrí su tez pálida.
Fui yo la que pregunté si estaba bien. Dijo que si,
que sólo estaba cansado y muerto de miedo. También huyó
cuando empezaron los disparos y se había perdido.
- Me alegro de encontrarte con vida, chèrie.-
Me pareció bastante cansado, bastante agotado. Sacó
una hoja de alguno de sus bolsillos y diciendo que era
un regalo me la entregó. Sonreí. Me había hecho un retrato.
Me había dibujado de cintura para arriba con el uniforme
puesto. Solía decirme que mi cabello rojizo quedaba
muy bien con el verde del uniforme y el azul del casco.
Le besé la frente. Noté que estaba completamente helado.
-
Toma esto también.- Me dio otra hoja, escrita en francés.
Pude traducirla.
Estimados
padres y amada mía:
No sé por qué escribo estas líneas, ya sabéis que siempre
hago las cosas por si acaso. Si recibís esto significará
que he muerto. Sentiré dejaros un vacío en vuestros
corazones, no era mi intención. Vine aquí para... bueno,
ya lo sabéis, yo y mi "querer cambiar el mundo". Lo
siento. Perdonadme. Estoy seguro de que mis últimos
pensamientos serán para vosotros. Adiós.
Jerome.
Confusa
miré a Jerome. Entreabrió la boca para decirme algo
pero de su boca sólo salió sangre. Señaló su estómago,
el francotirador sí le había acertado. Una herida mortal.
Iba a morir por mi culpa. Sollozando intenté pedirle
perdón, pero el selló mis labios con su dedo índice
y negó con la cabeza. Luego sonrió y me acarició el
rostro.
-
No llores...- Murió.
Maldije al francotirador, maldije a los políticos, maldije
a las religiones, maldije a toda la raza humana. ¿Es
que nunca aprenderíamos a convivir?. Mierda.. Cogí la
pistola de la mano de Jerome y vacié el cargador disparando
a donde supuestamente estaba el francotirador. Me quedé
allí de pie, esperando una respuesta. No la hubo. Lloré
y lloré y grité y grité.
Entre las ruinas apareció una niña. ¡Pobrecita!, apenas
tendría quince años y seguramente había perdido a toda
su familia. La llamé, me ayudaría a salir de allí. Abandonaríamos
la guerra juntas. Cogí con aflicción la mortecina carta
de Jerome y mi retrato, no podría cargar con su cuerpo.
Sus ojos abiertos aun poseían pequeños destellos de
vida, me miraron y parecieron alegrarse por mi supervivencia.
Avancé hacia la niña y ella se detuvo. No mostraba ningún
tipo de sentimientos. Pobrecita. No podía imaginarme
su dolor. Pero entonces... me di cuenta de que llevaba
algo en sus manos. ¡Un fusil!.
Ella era el francotirador. ¿Lo era?. No podía ser, ¿cómo...?.
¿En verdad lo era?.Yo quisiera a veces comprender al
mundo. Caí de rodillas, ya no me importaba morir. No
quería seguir viviendo en un mundo tan triste.
- Espérame, Jerome..- Musité.
Me apuntó sin vacilar. En la lejanía creí oír la risa
de mi padre. El silencio que nadaba por entre las calles
se vio interrumpido por un ruido seco, como una especie
de pequeña detonación.