número quince | junio 2003 | web 16/19 AnteriorPortadaSiguiente

 

A la sombra de la heroína

No esperaba verte caer, no, a ti no; no creía que fuera el momento, pero siento como las sombras de las lápidas serpentean en tu indiferencia, en tu foso. Como dibujan la oscuridad ante el profundo y solo tú profundo socavón. Cada vez que pienso en ti veo en mi mente tu interminable caída hacia el vacío, en ese agujero negro que te sentirá desaparecer. No puedo permanecer así más tiempo, impasible ante tu fallecimiento. La sombra del ciprés dibuja tu silueta en la fría hierba de ese lugar que llaman cementerio, antes incluso de que la tierra comience a resquebrajarse para hacerte un hueco, para introducirte en su absurdo interior y, absorber así, sorbo a sorbo, tus últimas ráfagas de vida, hasta tu eterno y último aliento. Te desvaneces, noto como comienzas a perder nitidez; empiezas a estar más que borroso, confuso en la realidad. Tu alma rompe las fronteras de la piel liberándose al fin. ¡¡¡¡Soltándose de ti, despojo humano!!!! ¡ ¡¡¡¡Bichejo retorcido!!!! Baja hasta las tinieblas, sí, al fin encuentra su lugar. Es la oscuridad eterna, el divino mundo de las sombras de donde pertenece. Pero tú debes de ir con ella, no la dejes irse sola; eres tú el que merece llegar a tan prestigioso suburbio, no te lo puedes perder. Allí la existencia es eternamente mejor, más placentera, es un elixir de sufrimiento que recorre tu interior, azotándote desde dentro para que sientas así su increíble fuerza. Su despiadado poder te maneja, te ordena, llegará incluso a anularte por completo pero eso no importa, tu aún sigues sintiendo el placer de tus absurdos actos, ¿no es así? Te conviertes en su absoluto esclavo pero parece merecer la pena por ese instante de alivio, de puro e inexplicable gusto. Poco a poco, y cada día mas deprisa cavas tu propio fin, tu camino descendiente hacia la nada. A tu alrededor, la compañía es desoladora, todos formáis una tela de araña infinitamente inmensa que se introduce instante a instante en el tenebroso pozo, en el tenebroso fin. Sé que mis palabras resuenan como ecos sordos en tu conciencia, que no me escuchas; pero si solamente pudieses imaginar una insignificante parte de lo que me duele verte así... No se cómo puedo librarte de este mal y fatídico castigo, pero si ni siquiera tu quieres deshacerte de él; lo utilizas como tu flotador, tu única válvula de escape pero te está destrozando. Tu rostro cadavérico habla por sí mismo, y tu indiferencia ante la desgracia aferrada a tu gente gracias a tu egoísta actitud, te mantiene increíblemente impasible. Cada vez te siento un poco más lejos, si cabe. Hace tiempo qué no se quién eres, ella te ha cambiado y ya estas a punto de desvanecerte frente a la inmensidad. Ha llegado tu hora, tu maldita hora; ¡vete! ¡Aléjate ya! ¡Desaparece en ese angosto y sombrío camino!

Aida Fernández Martínez Ficha autor


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