Como una vieja moneda, gastada y pálida, flotaba
aquella noche la luna sobre el horizonte; esa incierta
línea que se adivinaba entre la oscuridad de
la atmósfera y las inquietantes sombras del cercano
bosque.
Porque aquella era la noche esperada. El satélite
se encontraba más bajo de lo habitual y se mostraba
pleno, henchido, dejando ver sus montañas y cráteres
con nitidez.
Alfonso se puso el abrigo y subió a la cámara
para coger el saco que tenía oculto en un baúl
desde hacía días, desde que lo robó
una mañana que su madre lo había mandado
a comprar el pan a la tahona, en un descuido de la panadera,
que atendía una llamada de teléfono. Él
era el cabecilla de la expedición. Se trataba
de un líder natural, un crío que por su
audacia y personalidad arrolladora, ejercía un
extraño magnetismo sobre la voluntad de sus compañeros.
En esta ocasión, sin embargo, la idea no había
brotado en su mente, sino en la de su abuelo, un anciano
que respondía por el mismo nombre que el nieto.
En una de esas tardes de invierno que se alargan alimentadas
por el calor de la lumbre, Alfonso, el viejo de ochenta
años, propuso a Alfonso, el niño, ir a
coger la luna. El niño lo escuchó incrédulo
al principio, pero se dejó llevar de inmediato
por la fantasía. Era un reto inalcanzable, único.
Una misión que empequeñecía todas
esas batallas llenas de disparos y de cartucheras de
plástico. Nada que ver con los partidos de fútbol
o las carreras de chapas sobre los montones de arena
de las obras en que serpenteaban carreteras delirantes
y túneles hundidos por los perros con los que
iban a cazar lagartos entre los espinos como si de diminutos
dinosaurios se tratara. Aquello era superior, y a la
fuerza tenía que ser posible, pues su abuelo
nunca le mentía, pues en esos ojos nublados por
una tela casi invisible se adivinaba el brillo de la
certeza. Porque entre aquellas amarillentas manos agrietadas
por el trabajo, no había espacio para amasar
embustes. La idea excitó de inmediato la imaginación
del chaval, que enseguida empezó a elaborar un
plan. Era sencillo, sólo era necesario un saco
para salir y atraparla en un descuido. Pero había
que esperar que se ensanchara, que se llenara y estuviera
próxima para darle caza...
Y así, todas las noches, antes de acostarse,
miraba el muchacho a través de los barrotes de
su ventana el cielo taladrado de estrellas a veces,
negro otras, en espera de encontrar el instante propicio.
Y efectivamente, ese momento había llegado.
Víctor y Marcelo le ayudarían. Se lo había
contado durante un recreo, y aunque al principio dudaron,
finalmente estuvieron de acuerdo. Ellos eran sus mejores
amigos, su escolta a veces, cuando había alguna
pelea con la pandilla rival. Ellos eran los más
próximos en los mejores y peores días.
Con ellos iba de nidos a las tapias del cementerio,
con ellos patinaba en el río helado en invierno,
o cazaba culebras en esas mismas aguas durante el verano
para asustar a las chicas.
Así pues, tras reunirse en el lugar y la hora
acordados, enfiló el trío el camino, con
el ánimo de capturar aquella esfera huidiza.
Dejaron atrás las escuelas, ahora despojadas
del infantil bullicio que por el día las inundaba,
y salieron al campo abierto. Las casas del pueblo se
iban haciendo cada vez más pequeñas según
se alejaban, mostrándose como un conjunto de
esquinas iluminadas por la exigua luz de las farolas.
Tan sólo algún ladrido se colaba entre
el ruido de oleaje que el viento provocaba al rozar
las hojas de los árboles.
Pronto llegaron al vertedero. Atravesándolo llegarían
antes a su destino. Una vieja estufa tirada junto a
un abollado bote de leche condensada, enseñaba
su boca abierta y desdentada, mostrando un frío
paladar de ceniza y gastados tizones de hogueras muertas.
Víctor le lanzó una piedra que impactó
en la chapa provocando un estruendo metálico
que hizo saltar unas escamas de pintura plateada. Un
poco más adelante vieron el coche abandonado
donde se introducían a veces para conducir de
un modo vertiginoso por circuitos que sólo existían
en los cambiantes surcos de sus cerebros, excitados
por la fantasía que les hacía ver pasar
el paisaje a toda velocidad y adelantar a otros bólidos
conducidos por famosos pilotos.
En aquel automóvil de cromados parachoques y
faros rotos, pasaban interminables tardes fumando sus
primeros y furtivos cigarros mientras el cielo cambiaba
de color o se llenaba de nubes que cambiaban sus formas
y pasaban ante sus ojos a través del fragmentado
parabrisas convertido en un puzzle de infinitas piezas.
-Mira dónde está- dijo Alfonso señalándola
con su dedo índice.
Las tres caras se inclinaron hacia arriba recibiendo
en sus pómulos el reflejo de los astros.
- Está al final de Vallejo Zarzoso- señaló
Víctor, que la veía próxima, casi
al alcance de la mano.
- Venga - animó así Alfonso a sus acompañantes
mientras forzaba el paso.
Los tres muchachos emprendieron de nuevo la marcha.
Coloreados copos de lana procedentes de sus jerseys
quedaron prendidos en las aliagas y espinos que daban
nombre a aquella vaguada al final de la cual se balanceaba
su objetivo.
Recorrieron el tortuoso vallejo y coronaron el cerro
que le daba fin algo fatigados por el esfuerzo. Una
vez arriba vieron que la luna, pícara, se había
desplazado más allá de su anterior posición.
- Se ha metido en la dehesa- dijo Víctor contrariado
poniendo sus brazos en jarra.
- Pues vamos a la dehesa- replicó Alfonso volviendo
a caminar en dirección al bosque.
Marcelo no dijo nada. Su mano derecha localizó
un chicle de menta en el bolsillo. Con parsimonia lo
extrajo de su envoltorio y comenzó a masticarlo
mientras por su cabeza pasaban ideas y preguntas cuyas
respuestas se encontraban tan extraviadas como su perdida
mirada, que buscaba sin éxito alguna referencia
en el paisaje con que orientarse.
¿Qué harían con la luna una vez
capturada?, ¿sería fría o caliente?
¿se quedaría el nocturno cielo a oscuras
para siempre?
Constelaciones de dudas poblaban su mente, compitiendo
con las que se dibujaban con su eterna geometría
en el cielo.
Mientras tanto, unas afiladas nubes atravesaban el rostro
de la luna, aquel escurridizo redondel luminoso que
de nuevo podían casi acariciar con sus infantiles
dedos.
- Allí está- dijo Alfonso abriendo el
saco -; encima de aquella pared - añadió
señalando un viejo y desportillado muro de piedra
perteneciente a un corral para guardar ganado.
Los tres amigos aceleraron la marcha intentando no hacer
mucho ruido, no se fuera a espantar. Marcelo continuaba
con sus interrogantes, aunque se alegraba de ver la
luna así, llena. Si hubiera estado en cuarto
creciente o menguante cortaría quizá la
arpillera del saco con su filo cayendo a la tierra para
clavarse y dejar un surco, una herida sobre el húmedo
suelo. Volvió a elevar la vista, ahora le parecía
que aquel cuerpo celeste tenía una piel clara
y suave, casi transparente, de recién nacido;
una piel delicada y frágil que se rozaría
contra el áspero tacto de la tela del saco.
Según se aproximaban a la pared, vieron cómo
una vez más su presa se alejaba confundiéndose
ahora con la masa arbórea del bosque cada vez
más próximo. Se quedaron un instante parados,
un poco desilusionados ante este nuevo contratiempo.
Los labios de Víctor se apretaron en una mueca
de fastidio. De inmediato, Alfonso arengó a sus
amigos mientras sus manos arrugaban el saco :
- En la dehesa la cogeremos.
Allí, enredada en las copas de los árboles,
acorralada como un animal, la alcanzarían. Rodeada
por la maleza, sin escapatoria posible, como una bestia
asustada y salvaje.
Pensó Marcelo si no hubiera sido más sencillo
atraparla en un charco tras cualquier día de
lluvia, allí, sobre la delicada superficie en
que a veces relucía. De golpe, antes de que las
infinitas ondas del agua la convirtieran en una interminable
sucesión de aros brillantes.
Continuaron caminando sin perderla de vista, adentrándose
en el monte cada vez más cerrado. Llegaron por
fin a la cerca que la delimitaba, y abrieron la verja
metálica que daba paso a la dehesa. La oxidada
puerta emitió una queja chirriante antes de que
los niños entraran en aquel inmenso recinto donde
las vacas ya dormían mecidas por la melodía
de su respiración como viejos buques encallados
en la noche oceánica. Una espesura de sombras
rodeaba a los muchachos. El pesado silencio, tan sólo
interrumpido por algún pájaro o por el
crujir de ramas secas pisadas al andar, atenazaba sus
corazones. Estaban desorientados entre los pinos y robles
centenarios que se retorcían y mostraban las
minuciosas grietas de su corteza y sus secos nudos,
deformes muñones pertenecientes acaso a gigantes
paralizados en un remoto pasado.
La luna, juguetona, se escabullía nerviosa cada
vez que estaban a punto de darle alcance. Sus captores
pasaban alternativamente de la ilusión al desánimo
según cambiaba la distancia. Marcelo se detuvo,
no sabía dónde quedaba ya el pueblo, tampoco
había rastro de ninguna senda o camino por donde
regresar. Sintió el escalofrío del pánico
mezclado con el temblor de una duda: ¿y si fuera
imposible cogerla?
Miró hacia atrás, pero enseguida notó
la mano de Alfonso apretando su brazo empujándole
a seguir.
- Vamos Marcelo, ya la tenemos.
Allí estaba, tras los próximos árboles.