número quince | junio 2003 | web 15/19 AnteriorPortadaSiguiente

 

Lunar

Como una vieja moneda, gastada y pálida, flotaba aquella noche la luna sobre el horizonte; esa incierta línea que se adivinaba entre la oscuridad de la atmósfera y las inquietantes sombras del cercano bosque.
Porque aquella era la noche esperada. El satélite se encontraba más bajo de lo habitual y se mostraba pleno, henchido, dejando ver sus montañas y cráteres con nitidez.
Alfonso se puso el abrigo y subió a la cámara para coger el saco que tenía oculto en un baúl desde hacía días, desde que lo robó una mañana que su madre lo había mandado a comprar el pan a la tahona, en un descuido de la panadera, que atendía una llamada de teléfono. Él era el cabecilla de la expedición. Se trataba de un líder natural, un crío que por su audacia y personalidad arrolladora, ejercía un extraño magnetismo sobre la voluntad de sus compañeros. En esta ocasión, sin embargo, la idea no había brotado en su mente, sino en la de su abuelo, un anciano que respondía por el mismo nombre que el nieto.
En una de esas tardes de invierno que se alargan alimentadas por el calor de la lumbre, Alfonso, el viejo de ochenta años, propuso a Alfonso, el niño, ir a coger la luna. El niño lo escuchó incrédulo al principio, pero se dejó llevar de inmediato por la fantasía. Era un reto inalcanzable, único. Una misión que empequeñecía todas esas batallas llenas de disparos y de cartucheras de plástico. Nada que ver con los partidos de fútbol o las carreras de chapas sobre los montones de arena de las obras en que serpenteaban carreteras delirantes y túneles hundidos por los perros con los que iban a cazar lagartos entre los espinos como si de diminutos dinosaurios se tratara. Aquello era superior, y a la fuerza tenía que ser posible, pues su abuelo nunca le mentía, pues en esos ojos nublados por una tela casi invisible se adivinaba el brillo de la certeza. Porque entre aquellas amarillentas manos agrietadas por el trabajo, no había espacio para amasar embustes. La idea excitó de inmediato la imaginación del chaval, que enseguida empezó a elaborar un plan. Era sencillo, sólo era necesario un saco para salir y atraparla en un descuido. Pero había que esperar que se ensanchara, que se llenara y estuviera próxima para darle caza...
Y así, todas las noches, antes de acostarse, miraba el muchacho a través de los barrotes de su ventana el cielo taladrado de estrellas a veces, negro otras, en espera de encontrar el instante propicio. Y efectivamente, ese momento había llegado.
Víctor y Marcelo le ayudarían. Se lo había contado durante un recreo, y aunque al principio dudaron, finalmente estuvieron de acuerdo. Ellos eran sus mejores amigos, su escolta a veces, cuando había alguna pelea con la pandilla rival. Ellos eran los más próximos en los mejores y peores días. Con ellos iba de nidos a las tapias del cementerio, con ellos patinaba en el río helado en invierno, o cazaba culebras en esas mismas aguas durante el verano para asustar a las chicas.
Así pues, tras reunirse en el lugar y la hora acordados, enfiló el trío el camino, con el ánimo de capturar aquella esfera huidiza. Dejaron atrás las escuelas, ahora despojadas del infantil bullicio que por el día las inundaba, y salieron al campo abierto. Las casas del pueblo se iban haciendo cada vez más pequeñas según se alejaban, mostrándose como un conjunto de esquinas iluminadas por la exigua luz de las farolas. Tan sólo algún ladrido se colaba entre el ruido de oleaje que el viento provocaba al rozar las hojas de los árboles.
Pronto llegaron al vertedero. Atravesándolo llegarían antes a su destino. Una vieja estufa tirada junto a un abollado bote de leche condensada, enseñaba su boca abierta y desdentada, mostrando un frío paladar de ceniza y gastados tizones de hogueras muertas. Víctor le lanzó una piedra que impactó en la chapa provocando un estruendo metálico que hizo saltar unas escamas de pintura plateada. Un poco más adelante vieron el coche abandonado donde se introducían a veces para conducir de un modo vertiginoso por circuitos que sólo existían en los cambiantes surcos de sus cerebros, excitados por la fantasía que les hacía ver pasar el paisaje a toda velocidad y adelantar a otros bólidos conducidos por famosos pilotos.
En aquel automóvil de cromados parachoques y faros rotos, pasaban interminables tardes fumando sus primeros y furtivos cigarros mientras el cielo cambiaba de color o se llenaba de nubes que cambiaban sus formas y pasaban ante sus ojos a través del fragmentado parabrisas convertido en un puzzle de infinitas piezas.
-Mira dónde está- dijo Alfonso señalándola con su dedo índice.
Las tres caras se inclinaron hacia arriba recibiendo en sus pómulos el reflejo de los astros.
- Está al final de Vallejo Zarzoso- señaló Víctor, que la veía próxima, casi al alcance de la mano.
- Venga - animó así Alfonso a sus acompañantes mientras forzaba el paso.
Los tres muchachos emprendieron de nuevo la marcha. Coloreados copos de lana procedentes de sus jerseys quedaron prendidos en las aliagas y espinos que daban nombre a aquella vaguada al final de la cual se balanceaba su objetivo.
Recorrieron el tortuoso vallejo y coronaron el cerro que le daba fin algo fatigados por el esfuerzo. Una vez arriba vieron que la luna, pícara, se había desplazado más allá de su anterior posición.
- Se ha metido en la dehesa- dijo Víctor contrariado poniendo sus brazos en jarra.
- Pues vamos a la dehesa- replicó Alfonso volviendo a caminar en dirección al bosque.
Marcelo no dijo nada. Su mano derecha localizó un chicle de menta en el bolsillo. Con parsimonia lo extrajo de su envoltorio y comenzó a masticarlo mientras por su cabeza pasaban ideas y preguntas cuyas respuestas se encontraban tan extraviadas como su perdida mirada, que buscaba sin éxito alguna referencia en el paisaje con que orientarse.
¿Qué harían con la luna una vez capturada?, ¿sería fría o caliente? ¿se quedaría el nocturno cielo a oscuras para siempre?
Constelaciones de dudas poblaban su mente, compitiendo con las que se dibujaban con su eterna geometría en el cielo.
Mientras tanto, unas afiladas nubes atravesaban el rostro de la luna, aquel escurridizo redondel luminoso que de nuevo podían casi acariciar con sus infantiles dedos.
- Allí está- dijo Alfonso abriendo el saco -; encima de aquella pared - añadió señalando un viejo y desportillado muro de piedra perteneciente a un corral para guardar ganado.
Los tres amigos aceleraron la marcha intentando no hacer mucho ruido, no se fuera a espantar. Marcelo continuaba con sus interrogantes, aunque se alegraba de ver la luna así, llena. Si hubiera estado en cuarto creciente o menguante cortaría quizá la arpillera del saco con su filo cayendo a la tierra para clavarse y dejar un surco, una herida sobre el húmedo suelo. Volvió a elevar la vista, ahora le parecía que aquel cuerpo celeste tenía una piel clara y suave, casi transparente, de recién nacido; una piel delicada y frágil que se rozaría contra el áspero tacto de la tela del saco.
Según se aproximaban a la pared, vieron cómo una vez más su presa se alejaba confundiéndose ahora con la masa arbórea del bosque cada vez más próximo. Se quedaron un instante parados, un poco desilusionados ante este nuevo contratiempo. Los labios de Víctor se apretaron en una mueca de fastidio. De inmediato, Alfonso arengó a sus amigos mientras sus manos arrugaban el saco :
- En la dehesa la cogeremos.
Allí, enredada en las copas de los árboles, acorralada como un animal, la alcanzarían. Rodeada por la maleza, sin escapatoria posible, como una bestia asustada y salvaje.
Pensó Marcelo si no hubiera sido más sencillo atraparla en un charco tras cualquier día de lluvia, allí, sobre la delicada superficie en que a veces relucía. De golpe, antes de que las infinitas ondas del agua la convirtieran en una interminable sucesión de aros brillantes.
Continuaron caminando sin perderla de vista, adentrándose en el monte cada vez más cerrado. Llegaron por fin a la cerca que la delimitaba, y abrieron la verja metálica que daba paso a la dehesa. La oxidada puerta emitió una queja chirriante antes de que los niños entraran en aquel inmenso recinto donde las vacas ya dormían mecidas por la melodía de su respiración como viejos buques encallados en la noche oceánica. Una espesura de sombras rodeaba a los muchachos. El pesado silencio, tan sólo interrumpido por algún pájaro o por el crujir de ramas secas pisadas al andar, atenazaba sus corazones. Estaban desorientados entre los pinos y robles centenarios que se retorcían y mostraban las minuciosas grietas de su corteza y sus secos nudos, deformes muñones pertenecientes acaso a gigantes paralizados en un remoto pasado.
La luna, juguetona, se escabullía nerviosa cada vez que estaban a punto de darle alcance. Sus captores pasaban alternativamente de la ilusión al desánimo según cambiaba la distancia. Marcelo se detuvo, no sabía dónde quedaba ya el pueblo, tampoco había rastro de ninguna senda o camino por donde regresar. Sintió el escalofrío del pánico mezclado con el temblor de una duda: ¿y si fuera imposible cogerla?
Miró hacia atrás, pero enseguida notó la mano de Alfonso apretando su brazo empujándole a seguir.
- Vamos Marcelo, ya la tenemos.
Allí estaba, tras los próximos árboles.

Iván Vélez Ficha autor


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