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Sumario Literatura
El reloj de arena por Sabbia
Relato alternativo por Teobaldo González
Contradicción por Curro
El reloj de
arena
Hoy en la playa, a pocos metros, estaba una pareja de
setentones, alemanes e intelectuales sin duda (incluso
desnudos hay portes que visten). Él, alto, cano, elegante;
sus pasos marcaban firmeza y resolución tan sólo alteradas
por los picores ardientes de la arena; de su cuello colgaba
el pragmatismo de una cruz de madera que se echaba a la
espalda, no sin cierta agilidad, al tumbarse boca abajo.
Sus gafas negras me impedían ver lo que miraba.
Ella, menuda, morena, cercana; sus pechos desnudos buscaban
el inicio de la vida a través del ombligo; con su soberbia
tan atrevida retaba al tiempo recordando, sin el menor
esfuerzo, lo que fue y sin duda seguía siendo: belleza
pura. De su piel quedaba la flexibilidad y trasparencia
del papel de fumar con esa sensación de desgarro repentino
al arreglarse el moño. Se paseaba despreocupada por la
arena, viviéndose.
Yo, estuve admirándola hasta que se marcharon y envidiando
su manejo del reloj de arena.
Sabbia 
arriba
Relato alternativo
La medianoche me dibuja lentamente
un universo ingrávido de telas de araña, de saltamontes
musicales, de algunos museos virtuales, de herencias recibidas
a golpes de viñas, o de olivares que en medio del sosiego
esconden viejas amorosas oscuridades. La guitarra es pequeña
y a la vez gigante madera del mismo sentido, un silencio
largamente tumultuoso con los jóvenes en su quinta entrando
a los bajidos de una soleá, seguramente por aquello de
que mi familia procede del sur. Es en parte por esta juventud,
y en realidad por la literatura, deseos continuos que
afloran a la piel, como intimando por las pequeñas escondidas,
donde a veces me dejaste hechizado. Urgo en el piel roja
que intentamos relativizar, o acaso acciono los dispositivos
de los escenarios aceptando tal vez una triple realidad:
la de mi amor, sumido en una realidad propuesta, la de
mi gente, juventud con juventud a los dos lados de la
musicalidad serena, y la de mi idolatrada herencia, una
vida a veces descabalgando en la inmensidad del espectro
nocturno. Digo que soy capricho y soy tormenta, que voy
y vengo en la precisión segada de los hijos adorados en
estos fuegos de claridad. Digo que basto en las palabras
de un mundo cambiante, en las redes de los espacios siderales,
en la imaginación de los, como tú, artistas, innatos venciendo
en la cuenta de las vidas. Celebro que llegaste a este
sentido, que postraras los relatos empolvados con el curioso
tecleo del deletreo eficaz, que accionaras como yo, poeta
de un sur inequívoco, las legendarias ciudades de la belleza.
Escribo con palabras que se abastan en los campos de la
formulación elegida, de la elegancia concebida por creadores,
de los libros enfundados en la escena de la ficción. Busco
flores de decididos motores, por ver brillar el azul,
por encontrar una paradisíaca estación espacial, por brindar
contra el viento, por saber cómo se sacia una herida.
Ahora a lo lejos me dibujan un precipicio de enormes incursiones
en todos los campos de las áreas fabulosas, me adoran
con terciopelo y velo, me expresan lo que esconden mis
sentidos, me hechizan con relatos viajantes, me dicen
que llevo la piel de un toro. Crezco en galerías de sentimientos
contradictorios, que se vuelven enteros por mí, que me
hacen la continua galerna de temporales insaciables, insatisfechos,
ajados. Como el silencio deseo estar en el ruido, postrarme
también en los ombligos de todas las creaciones a las
que inventé paraísos, como el silencio huyo tanto que
oculto demasiado el alternativo y el pasivo, el amor cautivo
de mi crepúsculo.
Teobaldo
González 
Contradicción
Aquella mujer acompañada de una amiga entró
mientras tomaba café. Llevaba en el bolsillo el libro
que me había vendido minutos antes. Una cascada de agua
en la portada, una cascada de pelo rizado y castaño como
el color de sus ojos le cae sobre hombros y espalda. Mi
niña que me pide 17 euros para la cena. No sé por qué
tienen que hacer estas pijerías. En nuestro tiempo no
necesitábamos estas tonterías. No tienen imaginación,
le dice a su amiga. Voz grave, labios pintados de suave
marrón. Ahora me dice que el domingo quiere ir con su
grupo de amigos a la playa. Me da miedo y no quiero estar
a todas horas preocupada si llegan o no llegan. Son jóvenes
y en un coche... Es verdad nosotras nos fugábamos y ya
está..., la vida no está como antes. Tenía bulla, pero
escribí en un papel. Mujer, la imaginación, se atrofia
cuando se requiere permiso para todo, se seca de tanto
control y miedo. Si su hija no la tiene, mírese con la
mano en el corazón. Al pasar deslicé el papel en su mano.
Arranqué con el pensamiento de hacer mi pequeña acción
directa de cada día y el recuerdo del tirante negro de
su sostén.
Curro 
arriba
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