número trece | septiembre 2002 | papel 4/7 AnteriorPortadaSiguiente

Edición en papel

Sumario Literatura

Ir a El reloj de arena por Sabbia

Ir a Relato alternativo por Teobaldo González

Ir a Contradicción por Curro

 

El reloj de arena

Hoy en la playa, a pocos metros, estaba una pareja de setentones, alemanes e intelectuales sin duda (incluso desnudos hay portes que visten). Él, alto, cano, elegante; sus pasos marcaban firmeza y resolución tan sólo alteradas por los picores ardientes de la arena; de su cuello colgaba el pragmatismo de una cruz de madera que se echaba a la espalda, no sin cierta agilidad, al tumbarse boca abajo. Sus gafas negras me impedían ver lo que miraba.
Ella, menuda, morena, cercana; sus pechos desnudos buscaban el inicio de la vida a través del ombligo; con su soberbia tan atrevida retaba al tiempo recordando, sin el menor esfuerzo, lo que fue y sin duda seguía siendo: belleza pura. De su piel quedaba la flexibilidad y trasparencia del papel de fumar con esa sensación de desgarro repentino al arreglarse el moño. Se paseaba despreocupada por la arena, viviéndose.
Yo, estuve admirándola hasta que se marcharon y envidiando su manejo del reloj de arena.

Sabbia Ficha autor

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Relato alternativo

La medianoche me dibuja lentamente un universo ingrávido de telas de araña, de saltamontes musicales, de algunos museos virtuales, de herencias recibidas a golpes de viñas, o de olivares que en medio del sosiego esconden viejas amorosas oscuridades. La guitarra es pequeña y a la vez gigante madera del mismo sentido, un silencio largamente tumultuoso con los jóvenes en su quinta entrando a los bajidos de una soleá, seguramente por aquello de que mi familia procede del sur. Es en parte por esta juventud, y en realidad por la literatura, deseos continuos que afloran a la piel, como intimando por las pequeñas escondidas, donde a veces me dejaste hechizado. Urgo en el piel roja que intentamos relativizar, o acaso acciono los dispositivos de los escenarios aceptando tal vez una triple realidad: la de mi amor, sumido en una realidad propuesta, la de mi gente, juventud con juventud a los dos lados de la musicalidad serena, y la de mi idolatrada herencia, una vida a veces descabalgando en la inmensidad del espectro nocturno. Digo que soy capricho y soy tormenta, que voy y vengo en la precisión segada de los hijos adorados en estos fuegos de claridad. Digo que basto en las palabras de un mundo cambiante, en las redes de los espacios siderales, en la imaginación de los, como tú, artistas, innatos venciendo en la cuenta de las vidas. Celebro que llegaste a este sentido, que postraras los relatos empolvados con el curioso tecleo del deletreo eficaz, que accionaras como yo, poeta de un sur inequívoco, las legendarias ciudades de la belleza. Escribo con palabras que se abastan en los campos de la formulación elegida, de la elegancia concebida por creadores, de los libros enfundados en la escena de la ficción. Busco flores de decididos motores, por ver brillar el azul, por encontrar una paradisíaca estación espacial, por brindar contra el viento, por saber cómo se sacia una herida. Ahora a lo lejos me dibujan un precipicio de enormes incursiones en todos los campos de las áreas fabulosas, me adoran con terciopelo y velo, me expresan lo que esconden mis sentidos, me hechizan con relatos viajantes, me dicen que llevo la piel de un toro. Crezco en galerías de sentimientos contradictorios, que se vuelven enteros por mí, que me hacen la continua galerna de temporales insaciables, insatisfechos, ajados. Como el silencio deseo estar en el ruido, postrarme también en los ombligos de todas las creaciones a las que inventé paraísos, como el silencio huyo tanto que oculto demasiado el alternativo y el pasivo, el amor cautivo de mi crepúsculo.

Teobaldo González Ficha autor

 

Contradicción

Aquella mujer acompañada de una amiga entró mientras tomaba café. Llevaba en el bolsillo el libro que me había vendido minutos antes. Una cascada de agua en la portada, una cascada de pelo rizado y castaño como el color de sus ojos le cae sobre hombros y espalda. Mi niña que me pide 17 euros para la cena. No sé por qué tienen que hacer estas pijerías. En nuestro tiempo no necesitábamos estas tonterías. No tienen imaginación, le dice a su amiga. Voz grave, labios pintados de suave marrón. Ahora me dice que el domingo quiere ir con su grupo de amigos a la playa. Me da miedo y no quiero estar a todas horas preocupada si llegan o no llegan. Son jóvenes y en un coche... Es verdad nosotras nos fugábamos y ya está..., la vida no está como antes. Tenía bulla, pero escribí en un papel. Mujer, la imaginación, se atrofia cuando se requiere permiso para todo, se seca de tanto control y miedo. Si su hija no la tiene, mírese con la mano en el corazón. Al pasar deslicé el papel en su mano. Arranqué con el pensamiento de hacer mi pequeña acción directa de cada día y el recuerdo del tirante negro de su sostén.

Curro Ficha autor

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