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Que
en las aulas no hay disciplina; que los profesores padecen
neurosis profesional, depresiones; que el mobiliario escolar
se destroza y el número de alumnos desmotivados aumenta;
que el profesor ha perdido autoridad, son todos hechos
de los que no dudo. La cuestión estriba en qué explicación
se da, cómo se pretenden resolver y desde dónde se plantean
las "soluciones".
En
los años '60, de la población en edad de escolarización
en las zonas rurales de nuestro país, solamente el 9%
estaba escolarizada: durante estos años se ha alcanzado
el 100%, logrando la utopía decimonónica de la educación
universal. A causa de este vertiginoso aumento de la población
educativa, a la escuela de hoy, a diferencia de la de
antes, acuden numerosísimos alumnos de muy diversas procedencias,
orígenes, niveles económicos y culturales, aumentando
el número de alumnos que no llegan a los mínimos, mientras
que los buenos siguen ahí, igual que antes. Para atender
a esta nueva realidad se hizo la LOGSE (por docentes y
psicopedagogos amanerados: ¡rojos!), aunque sin medios
ni dinero suficientes.
Ahora
se intentan resolver los problemas existentes desde la
extrema derecha que representa el Partido Popular, caída
ya la máscara "centrista" tras la mayoría absoluta: hace
falta disciplina, castigo, dureza y más religión (donde
los tan criticados conflictos sociales, educación sexual,
no violencia, los malos tratos, etc. están implícitos
en su enseñanza -!?-), y demostrar, como afirmaba Eduardo
Haro, que los antiguos maestros de la Institución Libre
de Enseñanza, que perseguían un trato humano entre maestros
y alumnos, una comprensión de la naturaleza y la realidad
(Libertad), estaban equivocados.
Todo
esto me recuerda un reciente libro de Vázquez Montalbán
(1) : Jai, ser deleznable que interviene
en el mundo que le rodea con el único fin de asentar e
imponer su poder y dominio, manipula el crecimiento de
los árboles mediante alambres y pinchos con el fin de
convertirlos en bonsáis, llegando a empequeñecer a animales
y hombres hasta convertirlos en "bonsáis". Piensa que
las ideas y las frases largas sólo deben estar al alcance
de una minoría, los más sabios, los más fuertes, los más
poderosos; ésos merecen hablar largo y con muchas palabras.
Los demás no deben emplear más de cincuenta palabras.
¡El aire está lleno de pensamientos y palabras inútiles
de la chusma!. ¡Las personas vulgares no deberían hablar!.
En
cuanto empieza el crecimiento del árbol, afirma, hay que
tener preparada la intervención para canalizar el crecimiento,
podando las ramas para darle la estructura necesaria,
utilizando alambres para forzarlas y que se ajusten al
proyecto que tiene el jardinero. No ha de esperar a desarrollarse
en lucha con lo que le rodea: tener las raíces en una
tierra rica o pobre, estar a merced del rayo que puede
hendirlo, sino que el árbol es lo que el jardinero que
lo modifica quiere que sea, y termina por darle su sentido.
Todo cuerpo vivo tiende a crecer y hay que dirigir ese
crecimiento hasta el límite que nos interesa. Crecen dentro
de un límite que tú mismo les has dado, y los puedes hacer
perfectos, muchos más perfectos que los seres vivos que
crecen a sus anchas. Cada árbol tiene su alma, y mientras
lo cultivas y controlas su crecimiento, te vas apoderando
de ella.
(1)"El
Señor de los bonsáis", Alfaguara, Madrid, 1999
Antonio
G. Soto 
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