número doce | mayo 2002 | web 29/29 AnteriorPortadaSiguiente

Los hombres bonsáis y
la Ley de Calidad
   
 

Que en las aulas no hay disciplina; que los profesores padecen neurosis profesional, depresiones; que el mobiliario escolar se destroza y el número de alumnos desmotivados aumenta; que el profesor ha perdido autoridad, son todos hechos de los que no dudo. La cuestión estriba en qué explicación se da, cómo se pretenden resolver y desde dónde se plantean las "soluciones".

En los años '60, de la población en edad de escolarización en las zonas rurales de nuestro país, solamente el 9% estaba escolarizada: durante estos años se ha alcanzado el 100%, logrando la utopía decimonónica de la educación universal. A causa de este vertiginoso aumento de la población educativa, a la escuela de hoy, a diferencia de la de antes, acuden numerosísimos alumnos de muy diversas procedencias, orígenes, niveles económicos y culturales, aumentando el número de alumnos que no llegan a los mínimos, mientras que los buenos siguen ahí, igual que antes. Para atender a esta nueva realidad se hizo la LOGSE (por docentes y psicopedagogos amanerados: ¡rojos!), aunque sin medios ni dinero suficientes.

Ahora se intentan resolver los problemas existentes desde la extrema derecha que representa el Partido Popular, caída ya la máscara "centrista" tras la mayoría absoluta: hace falta disciplina, castigo, dureza y más religión (donde los tan criticados conflictos sociales, educación sexual, no violencia, los malos tratos, etc. están implícitos en su enseñanza -!?-), y demostrar, como afirmaba Eduardo Haro, que los antiguos maestros de la Institución Libre de Enseñanza, que perseguían un trato humano entre maestros y alumnos, una comprensión de la naturaleza y la realidad (Libertad), estaban equivocados.

Todo esto me recuerda un reciente libro de Vázquez Montalbán (1) : Jai, ser deleznable que interviene en el mundo que le rodea con el único fin de asentar e imponer su poder y dominio, manipula el crecimiento de los árboles mediante alambres y pinchos con el fin de convertirlos en bonsáis, llegando a empequeñecer a animales y hombres hasta convertirlos en "bonsáis". Piensa que las ideas y las frases largas sólo deben estar al alcance de una minoría, los más sabios, los más fuertes, los más poderosos; ésos merecen hablar largo y con muchas palabras. Los demás no deben emplear más de cincuenta palabras. ¡El aire está lleno de pensamientos y palabras inútiles de la chusma!. ¡Las personas vulgares no deberían hablar!.

En cuanto empieza el crecimiento del árbol, afirma, hay que tener preparada la intervención para canalizar el crecimiento, podando las ramas para darle la estructura necesaria, utilizando alambres para forzarlas y que se ajusten al proyecto que tiene el jardinero. No ha de esperar a desarrollarse en lucha con lo que le rodea: tener las raíces en una tierra rica o pobre, estar a merced del rayo que puede hendirlo, sino que el árbol es lo que el jardinero que lo modifica quiere que sea, y termina por darle su sentido. Todo cuerpo vivo tiende a crecer y hay que dirigir ese crecimiento hasta el límite que nos interesa. Crecen dentro de un límite que tú mismo les has dado, y los puedes hacer perfectos, muchos más perfectos que los seres vivos que crecen a sus anchas. Cada árbol tiene su alma, y mientras lo cultivas y controlas su crecimiento, te vas apoderando de ella.

(1)"El Señor de los bonsáis", Alfaguara, Madrid, 1999

 

Antonio G. Soto Ficha autor

   

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