número once | diciembre 2001 | papel 4/5 AnteriorPortadaSiguiente

Foto: José Manuel García

Foto: José M. García Ficha autor

Invitación a ser otro/a
Nos ponemos a ver publicidad, pronto encontramos una constante, un hilo conductor en la variedad de imágenes, en la diversidad de productos para comprar y consumir. Si compras X te sentirás bien (ahora no lo estás), si usas Z tendrás más memoria, más inteligencia, más imaginación (ahora careces de ella, o no lo suficiente), si tomas Y despertarás otra. Los mensajes publicitarios habitualmente nos invitan a cambiar nuestra manera de ser, nuestros hábitos, nuestra cara y silueta, nuestro humor y nuestra casa, nuestro coche, alimento, o lugar de vacaciones... Cambiar. Consumimos para hacernos la idea de que cambiamos es el imperativo de la publicidad y también de la propaganda política. Uno de los personajes de la novela EL GATOPARDO expresa esta ansia de cambios que subyace en las personas y no sin ironía dice que es preciso cambiar para que no cambie nada. La publicidad, y la propaganda política recurren y alientan los deseos de cambiar de vida, de aires, de experiencias o de gobierno. Con harta frecuencia hemos comprobado y visto que de eso nada. Pasada la euforia de la compra, difuminados los efectos del maquillaje, de la nueva alimentación, del nuevo medicamento y droga encontramos que la vida, nuestra vida de trabajo, doméstica o social, apenas a cambiado y nuestro carácter sigue el mismo. Y es que los auténticos cambios no derivan de ungüentos, cremas y otras compras: derivan más bien de otras experiencias vitales y compartidas. Derivan de nuestras lentas transformaciones interiores, de nuestra participación en modificar el ambiente que nos rodea y de la alegría de transformar esa realidad que tanto criticamos porque, cuando menos, nos desagrada. No cambiamos por comprar sino por ser más que dirían Spinoza o Nietzsche. El movimiento y cambio de vida nos viene tras romper el huevo de nuestras rutinas, de nuestros esquemas de pensamiento y sentimientos..., o de una auténtica revolución. Pero esto sería otra historia por hacer y contar. Cambiar, ser otro, ser otra no es tan fácil como lo pintan publicitarios y políticos. Está más cerca de lo que nos recuerda un poeta hebreo, Byalik: "si no agoto mis fuerzas no recogeré la cosecha".

Rafa Cuevas Ficha autor

 

Valores de crítica.
Una guitarra fuera mi amante en las crestas de olas rompedoras de la sabiduría ancestral, me incrementaron las ansias de dominar el apagado movimiento de las mareas entre las manecillas de los filibusteros y los empeños de estarse bailando con cualquier tribu, un saxo fuera mi deseo eterna la flor de las cartas entregadas a los resortes que tantas veces entran y salen de mi vida azul, desafiarte era demasiado por el placer de envolvente en una atmósfera de urbanas canciones, de alegorías frescas, de saberes rotos, por un tiempo que se va y se viene a las cunas del ritmo y viaja por dentro de los mares nocturnos. Los años maduran en mi vestigio de hechiceríos valores de crítica.

Teobaldo González Ficha autor

 

Chucho · Los diarios de petróleo ·
Virgin, Chewaka, 2001

Fernando Alfaro alcanza con este disco su cima creativa, que es decir bastante del personaje más creativo de aquello que pasó a denominarse indie nacional. Los diarios de petróleo suenan a madurez, pero esa otra madurez más cercana a Bowie que a Reed, más llena de luminosidad que de opacidad, más radiante y vitalista que pseudo-mística. Con un sonido creíble y muy trabajado, Alfaro visita nuevas texturas y ritmos nuevos pero sin perder un ápice de esas características que lo hacen inconfundible. Las letras visitan paisajes nuevos Chapoteosis de chiquillos en la bañera, sin dejar de revisar un pasado aciago El rey del error, para acabar hablando de todo lo divino y lo humano, como es marca de la casa.

MCD · Imbecil.com ·
Imbécil records, 2001

Este disco es la materialización del empeño del grupo de ponerse en contacto directo con el público y regalar su música. Esto lo hacen desde su web, de dirección homónima al título del álbum o comprando por menos de 1000 el CD en una tienda. En cuanto al contenido, puro punk rock a la antigua usanza, con himnos como Odio el pop o Fuera de control. El CD incluye video-clip, entre ellas el de animación No aguanto a la escoria.

Animal · 6 · Bruto, 2001
El power-trio argentino A.N.I.M.A.L. vuelven con el disco más duro y rico de su carrera. Grabado en el Indigo Ranch Recording Studio en Malibú, el álbum presenta 12 píldoras encabezadas por el primer single Gritemos para no olvidar donde la rabia camina de la mano de la conciencia social en letras de canciones como la mencionada o de Raza castigada, sin negar un resquicio al optimismo en Buscando llegar hasta el sol.

King Dumb · Where truth lies ·
kingdumb@terra.es

Lo que más sorprende de esta excelente demo de King Dumb son, a partes iguales, la impecable ejecución casi magistral, la calidad y calidez de los temas plagados de matices y pinceladas que aunque diversos suenan próximos entre sí, y por último el cuidado diseño y presentación. Por todo ello lo que no sorprende es que en esta redacción se considere como la mejor maqueta del año 2001.

Almedina · Nº 2 · Asociación Cultural Andaluza D.Tebeos / Apdo. 338 / 04080 Almería
Los cuadernos literarios Almedina es una publicación trimestral de la sección de Creación Literaria de la Asociación Cultural Andaluza D.Tebeos que desde Almería también edita el magazine de la cultura audiovisual Reflejox. En las 24 páginas de su segundo número se dan cita textos, tanto poemas como relatos cortos, de más de 20 autores de distintas comuniones y lugares geográficos. Recomendable.

Por: Juan Roman y Claudio F.

Cómic: Juan Roman Ficha autor y Claudio F.Ficha autor

Fiebre

Pues no hay nada temible en el hecho de vivir para
quien ha comprendido auténticamente que no acontece
nada temible en el hecho de no vivir.

Epístola de Epicuro a Meneceo

Blanco. De un blanco mate es mi atmósfera. En el metal de la cama, en los zuecos de las enfermeras. El color se posa, va y viene, aparece como un distintivo que da sentido a todas las actividades que aquí se desarrollan. Un aroma de enfermedad me envuelve. Un olor denso, casi con peso propio, anega mis pulmones, pero creo recordarlo, haberlo incorporado a mí desde tiempo remoto, quizá desde cuando mi madre me mandaba a la farmacia a comprar boticas, como ella decía. Antibióticos, jeringuillas, algodón, todo ordenado bajo una mezcla de colores, de formas, de tarros en los que una serpiente pintada bebe, enroscada, de una copa. El mostrador de madera, con sus vetas rojas sobre las que aterrizaban las recetas que un licenciado del que he olvidado el nombre leía asintiendo o extrañándose, para desaparecer tras una cortina y volver con el remedio y unas observaciones que hicieran innecesaria la lectura del indescifrable prospecto. A diario, un niño calvo cruza despacio por la puerta de mi habitación, mientras el ruido de un carrito de comida se acerca, crece y se mezcla con conversaciones que, en voz baja, se mantienen en el pasillo. De sobra sé dónde estoy, soy consciente de que mi habitación se encuentra en la planta de oncología. Es mi decimonoveno día en este inmenso hospital, pero me parece que llevo aquí años. Mis ritmos han cambiado, se han hecho más rígidos, la monotonía lo invade todo. Leo con desgana periódicos, libros. Escucho música en mis auriculares mientras espero alguna novedad, algo que altere mi tedio. Las tardes, no obstante, son ahora más amenas, más llevaderas. A eso de las cuatro, enciendo el televisor y veo las etapas del Tour. Siempre me ha apasionado la montaña, con los ciclistas balanceándose sobre la bicicleta, sobre esas bellas máquinas que semejan mecánicos vertebrados. Ayer el comentarista recordó que era el aniversario del fallecimiento de Tom Simpson. El corredor cayó muerto sobre el asfalto del Mont Ventoux víctima de un cóctel de alcohol y anfetaminas que hizo saltar en pedazos su corazón. Tengo tiempo, mucho tiempo y por eso el resto la tarde, antes de las visitas, la pasé pensando en cómo para un ciclista cualquier sustancia de las que a mí me administran supondría el fin de su vida deportiva; en cambio, para mí, prescindir de ellas sería avanzar más deprisa hacia el final. Ellos persiguen un cuerpo ideal, maquinal, casi perfecto, yo sin embargo tan sólo aspiro a conservar éste en funcionamiento. Cualquier droga, cualquier tratamiento es válido para vencer a mi enemigo, no hay reglas que respetar, únicamente un objetivo: sobrevivir, doblegar la enfermedad. Noto cómo algo sombrío merodea. Anoche soñé con unos relojes de arena a los que una mano daba la vuelta antes de que se formara una minúscula montaña de tiempo. Tiempo... tiempo... o granulometría. - Hoy tienes mejor cara... - Estoy planeando un viaje para cuando te den el alta... Mis familiares y amigos vienen todos los días y tratan de suavizar la realidad con palabras como estas. Yo las acepto, y veo cómo en mi fiebre flotan todos esos deseos. Es conmovedor ver cómo aparecen destellos de ilusión que me contagian y emocionan. Es sorprendente ver a gente que creías alejada para siempre, rodeando tu cama, contándote anécdotas que ya habías olvidado. Hay también ausencias... Todo empezó una mañana cuando mis encías comenzaron a sangrar. Yo no le di importancia, pero esas hemorragias se fueron haciendo cotidianas. Más tarde, durante el invierno, padecí más catarros que nunca. Poco a poco, la debilidad fue apoderándose de mí, acompañada de una apatía creciente. Un glaciar enfermo avanza por mi espalda, lo sé. Sé que mis células mutan deformes. Prolifera el error, todo lo invade. Mi familia trató, trata todavía de ocultármelo, pero mis sospechas me llevaron más allá de la anemia con que trataban de hacerme creer que se trataba solamente de un período de debilidad transitoria. A espaldas de todos, me puse en contacto con Rebeca o, si se quiere, con la doctora Rebeca Valbuena. Ella no podía mentirme. Hace ya muchos años mantuvimos una relación que ninguno de los dos acertaría a decir por qué terminó, pero que a pesar de la ruptura, nada ni nadie logró interponerse lo suficiente para que siguiéramos en contacto. Cuando la conocí, trabajaba de camarera, compaginando ese trabajo con sus estudios. Al principio yo me aproximaba intentando aparentar indiferencia, pero en cuanto se daba la vuelta, seguía su caminar, su perfil atendiendo a cualquier cliente, sus labios moviéndose mudos en el bullicio. Después todo lo demás: amanecer juntos bajo la colcha azul astillada de tiempo mientras a Edith Piaf le mordía la melancolía y era entonces cuando su voz se alzaba majestuosa entre las secuelas que el uso había dejado en el vinilo, entre el desorden de la alcoba y la ropa caída, inerte en la cuadrícula del suelo. Edith Piaf henchida de alcohol y desencanto, altiva y distinguida en su derrota, sola, prolongando la mañana perezosa en la que nos mirábamos buscando algo oculto, un cofre del tesoro del cual creíamos poseer las llaves. Finalmente el hastío, la distancia. Ella no podía mentirme... Leucemia. La palabra sonó como caída de una metálica nube. No sabría definir lo que sentí en ese instante que creí infinito. Una maraña de pensamientos, un ovillo de ideas se enredó en mi cerebro. Maleza. He aprendido a degustar cada momento, intento aferrarme a la lucidez y dejarme llevar por el delirio, por los sueños, que ahora poseen una nitidez que nunca tuvieron. Retenerlos, volver a visualizarlos en la mente, adelante y atrás, en un cinematógrafo distorsionado, poliédrico. Por el pasillo pasó ayer el niño sin cejas, que volvía hacia su habitación transmitiendo un escalofrío que recorre mi piel y los pasillos de este aséptico laberinto. Caen temblorosas las gotas de suero para atravesar el catéter y mis venas, y me pregunto si es en la bolsa, bajo el plástico donde se almacena mi alimento y en las máquinas que de un modo creciente me rodean, donde residen mis verdaderos órganos. O si es en este cuerpo en el que, iluminados por los fluorescentes, ya afloran los huesos, prótesis realista, prolongación de los aparatos que me mantienen en dirección al futuro efímero de la supervivencia. Apenas como, a pesar de que me intentan engañar, distraerme como a un niño pequeño para que engulla una cucharada de puré. Es gracioso, si no fuera porque todo se escapa. La vida, resbalando por entre los dedos, y ningún burro volando fascinante que me haga abrir la boca. El doctor me ha comunicado que esta tarde me practicarán una punción de médula ósea. Pincharán para extraerme líquido de la columna, esa cápsula donde habita mi mal. Más tarde, seguramente me hablarán de la posibilidad de un transplante, tendrán que hacerlo y, de ese modo, las amables caretas caerán para dar paso a rostros que han contenido demasiado tiempo el dramatismo de la realidad. Me lo ha dicho Rebeca por teléfono, pero también me ha dicho que las posibilidades de supervivencia, de éxito, son mínimas. Es necesario que se dé una compatibilidad entre el donante y yo para intercambiar piezas de nuestros cuerpos, como recambios de un desguace orgánico. Luego, no obstante, queda el temor a un rechazo. La crudeza con la que hablamos ahora es quizá lo más bello que hemos construido. Una descarnada sinceridad nos une y aísla de todo lo demás a medida que la enfermedad gana terreno. Queda también la quimioterapia, el dolor de la quemadura, la apariencia cadavérica. El niño calvo no pasó esta mañana. Mañana se disputa la contrarreloj individual, podría cronometrar a los ciclistas contando las nutritivas gotas una a una, cayendo sobre el charco de mi sistema sanguíneo. En mi último sueño, las imágenes: verdín en mis rodillas, una salamandra que trepa por una tapia mientras la hiedra crece tras ella persiguiéndola. Verde, pegándose en las ventosas de sus dedos que cruzan una vieja línea de tiza. En la penumbra, una gota de sudor parte en dos las cruces de ceniza de nuestras frentes infantiles. Despertar suavemente, bajo una sensación balsámica en la que se mecen las cabezas de mis familiares iluminadas por tenues luces. Miro hacia el futuro y aparece ante mí la escala analgésica, una ruleta rusa, una balanza en la cual se miden el dolor y el tiempo de vida. Ir contra el dolor es ir contra la vida, acortarla. Aceptarlo es nublar los días. Espiral: Calmantes, codeína, morfina... Blanco. Latiendo en la temperatura, disolviéndose en mi fiebre.

Iván Vélez Ficha autor
Agosto 2001

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