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Invitación a ser otro/a
Nos ponemos a ver publicidad, pronto encontramos una constante, un hilo conductor
en la variedad de imágenes, en la diversidad de productos para comprar y consumir.
Si compras X te sentirás bien (ahora no lo estás), si usas Z tendrás más memoria,
más inteligencia, más imaginación (ahora careces de ella, o no lo suficiente),
si tomas Y despertarás otra. Los mensajes publicitarios habitualmente nos
invitan a cambiar nuestra manera de ser, nuestros hábitos, nuestra cara y
silueta, nuestro humor y nuestra casa, nuestro coche, alimento, o lugar de
vacaciones... Cambiar. Consumimos para hacernos la idea de que cambiamos es
el imperativo de la publicidad y también de la propaganda política. Uno de
los personajes de la novela EL GATOPARDO expresa esta ansia de cambios que
subyace en las personas y no sin ironía dice que es preciso cambiar para que
no cambie nada. La publicidad, y la propaganda política recurren y alientan
los deseos de cambiar de vida, de aires, de experiencias o de gobierno. Con
harta frecuencia hemos comprobado y visto que de eso nada. Pasada la euforia
de la compra, difuminados los efectos del maquillaje, de la nueva alimentación,
del nuevo medicamento y droga encontramos que la vida, nuestra vida de trabajo,
doméstica o social, apenas a cambiado y nuestro carácter sigue el mismo. Y
es que los auténticos cambios no derivan de ungüentos, cremas y otras compras:
derivan más bien de otras experiencias vitales y compartidas. Derivan de nuestras
lentas transformaciones interiores, de nuestra participación en modificar
el ambiente que nos rodea y de la alegría de transformar esa realidad que
tanto criticamos porque, cuando menos, nos desagrada. No cambiamos por comprar
sino por ser más que dirían Spinoza o Nietzsche. El movimiento y cambio de
vida nos viene tras romper el huevo de nuestras rutinas, de nuestros esquemas
de pensamiento y sentimientos..., o de una auténtica revolución. Pero esto
sería otra historia por hacer y contar. Cambiar, ser otro, ser otra no es
tan fácil como lo pintan publicitarios y políticos. Está más cerca de lo que
nos recuerda un poeta hebreo, Byalik: "si no agoto mis fuerzas no recogeré
la cosecha".
Rafa
Cuevas
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Fiebre
Pues
no hay nada temible en el hecho de vivir para
quien ha comprendido auténticamente que no acontece
nada temible en el hecho de no vivir.
Epístola de Epicuro a Meneceo
Blanco. De un blanco
mate es mi atmósfera. En el metal de la cama, en los zuecos de las enfermeras.
El color se posa, va y viene, aparece como un distintivo que da sentido a
todas las actividades que aquí se desarrollan. Un aroma de enfermedad me envuelve.
Un olor denso, casi con peso propio, anega mis pulmones, pero creo recordarlo,
haberlo incorporado a mí desde tiempo remoto, quizá desde cuando mi madre
me mandaba a la farmacia a comprar boticas, como ella decía. Antibióticos,
jeringuillas, algodón, todo ordenado bajo una mezcla de colores, de formas,
de tarros en los que una serpiente pintada bebe, enroscada, de una copa. El
mostrador de madera, con sus vetas rojas sobre las que aterrizaban las recetas
que un licenciado del que he olvidado el nombre leía asintiendo o extrañándose,
para desaparecer tras una cortina y volver con el remedio y unas observaciones
que hicieran innecesaria la lectura del indescifrable prospecto. A diario,
un niño calvo cruza despacio por la puerta de mi habitación, mientras el ruido
de un carrito de comida se acerca, crece y se mezcla con conversaciones que,
en voz baja, se mantienen en el pasillo. De sobra sé dónde estoy, soy consciente
de que mi habitación se encuentra en la planta de oncología. Es mi decimonoveno
día en este inmenso hospital, pero me parece que llevo aquí años. Mis ritmos
han cambiado, se han hecho más rígidos, la monotonía lo invade todo. Leo con
desgana periódicos, libros. Escucho música en mis auriculares mientras espero
alguna novedad, algo que altere mi tedio. Las tardes, no obstante, son ahora
más amenas, más llevaderas. A eso de las cuatro, enciendo el televisor y veo
las etapas del Tour. Siempre me ha apasionado la montaña, con los ciclistas
balanceándose sobre la bicicleta, sobre esas bellas máquinas que semejan mecánicos
vertebrados. Ayer el comentarista recordó que era el aniversario del fallecimiento
de Tom Simpson. El corredor cayó muerto sobre el asfalto del Mont Ventoux
víctima de un cóctel de alcohol y anfetaminas que hizo saltar en pedazos su
corazón. Tengo tiempo, mucho tiempo y por eso el resto la tarde, antes de
las visitas, la pasé pensando en cómo para un ciclista cualquier sustancia
de las que a mí me administran supondría el fin de su vida deportiva; en cambio,
para mí, prescindir de ellas sería avanzar más deprisa hacia el final. Ellos
persiguen un cuerpo ideal, maquinal, casi perfecto, yo sin embargo tan sólo
aspiro a conservar éste en funcionamiento. Cualquier droga, cualquier tratamiento
es válido para vencer a mi enemigo, no hay reglas que respetar, únicamente
un objetivo: sobrevivir, doblegar la enfermedad. Noto cómo algo sombrío merodea.
Anoche soñé con unos relojes de arena a los que una mano daba la vuelta antes
de que se formara una minúscula montaña de tiempo. Tiempo... tiempo... o granulometría.
- Hoy tienes mejor cara... - Estoy planeando un viaje para cuando te den el
alta... Mis familiares y amigos vienen todos los días y tratan de suavizar
la realidad con palabras como estas. Yo las acepto, y veo cómo en mi fiebre
flotan todos esos deseos. Es conmovedor ver cómo aparecen destellos de ilusión
que me contagian y emocionan. Es sorprendente ver a gente que creías alejada
para siempre, rodeando tu cama, contándote anécdotas que ya habías olvidado.
Hay también ausencias... Todo empezó una mañana cuando mis encías comenzaron
a sangrar. Yo no le di importancia, pero esas hemorragias se fueron haciendo
cotidianas. Más tarde, durante el invierno, padecí más catarros que nunca.
Poco a poco, la debilidad fue apoderándose de mí, acompañada de una apatía
creciente. Un glaciar enfermo avanza por mi espalda, lo sé. Sé que mis células
mutan deformes. Prolifera el error, todo lo invade. Mi familia trató, trata
todavía de ocultármelo, pero mis sospechas me llevaron más allá de la anemia
con que trataban de hacerme creer que se trataba solamente de un período de
debilidad transitoria. A espaldas de todos, me puse en contacto con Rebeca
o, si se quiere, con la doctora Rebeca Valbuena. Ella no podía mentirme. Hace
ya muchos años mantuvimos una relación que ninguno de los dos acertaría a
decir por qué terminó, pero que a pesar de la ruptura, nada ni nadie logró
interponerse lo suficiente para que siguiéramos en contacto. Cuando la conocí,
trabajaba de camarera, compaginando ese trabajo con sus estudios. Al principio
yo me aproximaba intentando aparentar indiferencia, pero en cuanto se daba
la vuelta, seguía su caminar, su perfil atendiendo a cualquier cliente, sus
labios moviéndose mudos en el bullicio. Después todo lo demás: amanecer juntos
bajo la colcha azul astillada de tiempo mientras a Edith Piaf le mordía la
melancolía y era entonces cuando su voz se alzaba majestuosa entre las secuelas
que el uso había dejado en el vinilo, entre el desorden de la alcoba y la
ropa caída, inerte en la cuadrícula del suelo. Edith Piaf henchida de alcohol
y desencanto, altiva y distinguida en su derrota, sola, prolongando la mañana
perezosa en la que nos mirábamos buscando algo oculto, un cofre del tesoro
del cual creíamos poseer las llaves. Finalmente el hastío, la distancia. Ella
no podía mentirme... Leucemia. La palabra sonó como caída de una metálica
nube. No sabría definir lo que sentí en ese instante que creí infinito. Una
maraña de pensamientos, un ovillo de ideas se enredó en mi cerebro. Maleza.
He aprendido a degustar cada momento, intento aferrarme a la lucidez y dejarme
llevar por el delirio, por los sueños, que ahora poseen una nitidez que nunca
tuvieron. Retenerlos, volver a visualizarlos en la mente, adelante y atrás,
en un cinematógrafo distorsionado, poliédrico. Por el pasillo pasó ayer el
niño sin cejas, que volvía hacia su habitación transmitiendo un escalofrío
que recorre mi piel y los pasillos de este aséptico laberinto. Caen temblorosas
las gotas de suero para atravesar el catéter y mis venas, y me pregunto si
es en la bolsa, bajo el plástico donde se almacena mi alimento y en las máquinas
que de un modo creciente me rodean, donde residen mis verdaderos órganos.
O si es en este cuerpo en el que, iluminados por los fluorescentes, ya afloran
los huesos, prótesis realista, prolongación de los aparatos que me mantienen
en dirección al futuro efímero de la supervivencia. Apenas como, a pesar de
que me intentan engañar, distraerme como a un niño pequeño para que engulla
una cucharada de puré. Es gracioso, si no fuera porque todo se escapa. La
vida, resbalando por entre los dedos, y ningún burro volando fascinante que
me haga abrir la boca. El doctor me ha comunicado que esta tarde me practicarán
una punción de médula ósea. Pincharán para extraerme líquido de la columna,
esa cápsula donde habita mi mal. Más tarde, seguramente me hablarán de la
posibilidad de un transplante, tendrán que hacerlo y, de ese modo, las amables
caretas caerán para dar paso a rostros que han contenido demasiado tiempo
el dramatismo de la realidad. Me lo ha dicho Rebeca por teléfono, pero también
me ha dicho que las posibilidades de supervivencia, de éxito, son mínimas.
Es necesario que se dé una compatibilidad entre el donante y yo para intercambiar
piezas de nuestros cuerpos, como recambios de un desguace orgánico. Luego,
no obstante, queda el temor a un rechazo. La crudeza con la que hablamos ahora
es quizá lo más bello que hemos construido. Una descarnada sinceridad nos
une y aísla de todo lo demás a medida que la enfermedad gana terreno. Queda
también la quimioterapia, el dolor de la quemadura, la apariencia cadavérica.
El niño calvo no pasó esta mañana. Mañana se disputa la contrarreloj individual,
podría cronometrar a los ciclistas contando las nutritivas gotas una a una,
cayendo sobre el charco de mi sistema sanguíneo. En mi último sueño, las imágenes:
verdín en mis rodillas, una salamandra que trepa por una tapia mientras la
hiedra crece tras ella persiguiéndola. Verde, pegándose en las ventosas de
sus dedos que cruzan una vieja línea de tiza. En la penumbra, una gota de
sudor parte en dos las cruces de ceniza de nuestras frentes infantiles. Despertar
suavemente, bajo una sensación balsámica en la que se mecen las cabezas de
mis familiares iluminadas por tenues luces. Miro hacia el futuro y aparece
ante mí la escala analgésica, una ruleta rusa, una balanza en la cual se miden
el dolor y el tiempo de vida. Ir contra el dolor es ir contra la vida, acortarla.
Aceptarlo es nublar los días. Espiral: Calmantes, codeína, morfina... Blanco.
Latiendo en la temperatura, disolviéndose en mi fiebre.
Iván
Vélez
Agosto
2001
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