número uno | mayo 1996 | papel 6/32 AnteriorPortadaSiguiente

Edición en papel Relato A por Mon Magan

Todo esto es mucho más de lo que has soñado hasta ahora, está más allá de ese tarro de pastillas donde viven, se mueven; y está más vivo, es más divertido, sin dejar de ser más real que otros sueños monocolor.
Cuando no se había inventado el sonido en el cinematógrafo, nosotros ya gemíamos en la oscuridad de unos techos aún por iluminar (no fue hasta que Orson Welles lo hizo en Citizen Kane).
Cuando todos se dividían entre el café o la coca, nosotros descubríamos la adrenalina embotellada, nos mordíamos los labios sobre moquetas verdes y nos perdíamos en el infierno de la cotidianidad.
Hablo de los monstruos golpeando las puertas, histéricos por salir a la luz. Hablo de un bocado de tarta delicioso, que se iba convirtiendo en hormigón, un poco cada día. Hablo del miedo a las luces que vienen y van, del horror de un silencio en el teléfono o de voces impersonales gritando "el número marcado no existe".
No te asustes, conozco un juego, consiste en cerrar la boca, cerrar los ojos y los oídos, cerrar el cuerpo y el alma y dejar que las olas del mar acaricien tu cuerpo, que lentamente su frío inicial se trasforme en calor de confianza. Y que tus músculos se suelten uno a uno, que tu mandíbula se relaje, que tus pies se sientan cómodos, como cuando elegíamos el camino largo al corto, pisando un suelo que no nos pertenecía, con sabores que descubríamos.
Llenábamos las habitaciones de cuadros pintados por nosotros. Unos cuadros con dos ejes verticales y dos horizontales.

En días tan aciagos como yo, partíamos el universo con nuestros propios juegos, con nuestras propias leyes. Huyendo del mar de imbéciles de mentes cuadradas y convencionales, víctimas de su propia sangre cuajada e inmóvil en sus limitados cerebros y carentes de la claridad de visión que los fármacos producían en nosotros.

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