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Relato
A por Mon Magan
Todo
esto es mucho más de lo que has soñado hasta
ahora, está más allá de ese tarro
de pastillas donde viven, se mueven; y está más
vivo, es más divertido, sin dejar de ser más
real que otros sueños monocolor.
Cuando no se había inventado el sonido en el cinematógrafo,
nosotros ya gemíamos en la oscuridad de unos techos
aún por iluminar (no fue hasta que Orson Welles
lo hizo en Citizen Kane).
Cuando todos se dividían entre el café o
la coca, nosotros descubríamos la adrenalina embotellada,
nos mordíamos los labios sobre moquetas verdes
y nos perdíamos en el infierno de la cotidianidad.
Hablo de los monstruos golpeando las puertas, histéricos
por salir a la luz. Hablo de un bocado de tarta delicioso,
que se iba convirtiendo en hormigón, un poco cada
día. Hablo del miedo a las luces que vienen y van,
del horror de un silencio en el teléfono o de voces
impersonales gritando "el número marcado no
existe".
No te asustes, conozco un juego, consiste en cerrar la
boca, cerrar los ojos y los oídos, cerrar el cuerpo
y el alma y dejar que las olas del mar acaricien tu cuerpo,
que lentamente su frío inicial se trasforme en
calor de confianza. Y que tus músculos se suelten
uno a uno, que tu mandíbula se relaje, que tus
pies se sientan cómodos, como cuando elegíamos
el camino largo al corto, pisando un suelo que no nos
pertenecía, con sabores que descubríamos.
Llenábamos las habitaciones de cuadros pintados
por nosotros. Unos cuadros con dos ejes verticales y dos
horizontales.
En días tan aciagos como yo, partíamos el
universo con nuestros propios juegos, con nuestras propias
leyes. Huyendo del mar de imbéciles de mentes cuadradas
y convencionales, víctimas de su propia sangre
cuajada e inmóvil en sus limitados cerebros y carentes
de la claridad de visión que los fármacos
producían en nosotros.
Mon
Magan 
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