| número
uno
| mayo 1996 | papel 24-25/32 |
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Relato
C por Pequeño Elfo Ciego
Dejadme
dormir, dejadme un poco más, media hora, un minuto.
Que mi cabeza se vuelva a hundir en el almohadón,
sólo por un momento pueda volver a sumergirme en
el mar, bajar, descansar en el fondo.
Después saldré, de nuevo, a la superficie;
con mis ojos hinchados y mi cuerpo empapado, respirando
entrecortadamente.
De nuevo un maldito en la orilla. Y ahora ella junto a
mi empapado cuerpo, con sus manos firmes y con su aroma
pegado a mi. Sus labios muerden mi piel y su calor me
seca.
Ahora podría ser un rey, o un sucio demonio, ahora
podría galopar sobre mi amada, pero pero en los
infiernos me llaman a voces.
Dejadme dormir, mis ojos cubiertos de telas de araña
se cierran, mi dedo casi sin vida juega tímidamente
en su vagina, mientras siento mi cuerpo sumergirse en
el inmenso mar del sueño.
Dejadme sólo un momento.
En
tierra santa no debe haber farolas, el furtivo buhonero
las roba, las carga en su carreta y las vende más
lejos que donde llegan las noticias, en los mundos oscuros
abarrotados de calles sucias.
En los mundos oscuros, los niños juegan a matar
a sus padres y los padres a matar a sus hijos; para ello
escogen las calles sucias de ciudad capital, por ello
el furtivo buhonero roba farolas de tierra santa, por
ello mis sueños se vuelven salvajes y entre los
gritos de los niños muertos y de los padres asesinados
por sus moribundos hijos, escucho susurros que no provienen
de este mundo y despierto.
Ella
está sobre mí, siento inmediatamente su
calor y siento su cuerpo que me acaricia entero y su alma
que me habla.
Mientras su vello despierta mi cuerpo amoroso y todas
las células de las yemas de mis dedos, en un baile
saturnal, acarician a todas las células de su espalda,
sus lunares me hablan sobre las cien noches del pasado
cuarto de hora, de sus ilusiones y de alguna película
descolorida. Labios húmedos e inquietos junto a
mi oreja y en un instante el universo se inunda de sollozos,
de gemidos, de palabras furtivas y de una gran lengua
de fuego que me quema.
Sus pezones presionan mi pecho y su cuerpo contorneándose
me hace saber quién soy y quién seré.
Ya un trozo de mi carne sale de mi piel, encontrando el
mundo exterior, algo así como un viaje al espacio
exterior, algo así como dispuesto a penetrar la
vía láctea.
Y
la explosión nos inunda, ya caen los cuerpos alcanzados
por la metralla, ya se oyen los gritos, Dios mío
esto debe ser la guerra, sí debe ser lo que veíamos
de niños junto a papá en la oval pantalla
de aquel viejo televisor, debe serlo sí.
Mi boca busca sus pechos, y como sólo los ancestrales
recuerdos pueriles podrían iluminar, hacen a mis
labios juguetear con sus pezones, morder, presionar, intentando
recordar algo. Ya mi lengua en ellos, y siento a través
de ella cómo estos se alargan, crecen hacia mi
interior, apartan mis labios y con su erección
penetran dentro de mí.
Siento su sabor, aquel sabor que hace a mi amada distinta
e inconfundible. Aquel sabor que vuelve a todos los mortales
distintos y totalmente diferenciables por el mismo.
Desciendo hasta el ombligo, parada obligada en mi viaje,
e investigo sobre sus textura, su suavidad, su aroma.
Pronto estoy allí, y como guiado por música,
encuentro el rincón más salvajemente bello
que pude imaginar, algo así como el oasis de un
beréber, algo como el manjar del hambriento, algo
como la miel en los labios y yo disputando por ella.
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Y
en el beso más profundo, en el diálogo que
ambos iniciamos, descubrí estar conversando con
una boca sin dientes ni lengua, pero de un sabor tan exquisito
que le nace ser más obsceno que el caviar.
Escogíamos
tardes luminosas de sol para vestirnos con ropas de colores
chillones, cubriendo nuestros ojos con enormes gafas oscuras
y en el viejo descapotable recorrer el pueblo cantando
las canciones que compusimos la noche anterior. La gente
nos miraba sin comprendernos y en sus gestos leíamos
expresiones de odio, de aquel oído que los estúpidos
generan contra los diferentes, de aquella envidia por
no ser libres, de aquel deseo despertado por mi amante
en sus cuerpos o en el de sus maridos, por aquella carencia
de alas para poder volar como nosotros.
Abrazado a mi amante sentía estar ante un igual,
igual de sucio demonio, igual de ángel, igual de
loco y sólo besando sus labios, cuando nuestras
lenguas estaban en contacto y sentíamos nuestros
alientos, podía estar seguro de seguir, aún,
vivo. Sus labios buscando mi inflamado miembro, sus manos
descubriendo el invernadero y mimando la zanahoria.
Sube y baja, mi amor sube y baja, ocultando en su boca
mi creciente pene. Sube y baja y sus labios ardientes
moldean el duro barro, en el torno del cálido taller,
el artesano prepara su escultura. Ya está lista
para jugar al más divertido juego que jamás
descubrí, el juego que haría palidecer a
mamá, el juego más excitante.
Caricias
con todo el cuerpo ya que las manos se hacen insuficientes,
mordiscos en el cuello, como el reino animal nos enseña,
uñas labran las espaldas. y en ese momento la conciencia
y la razón, por que sólo queda en mí
el animal que grita por las noches en mi cabeza, el que
refleja sus ojos cuando me miro en el espejo, al fondo
y sólo al fondo de mis pupilas, y el ritmo surge.
Ritmo marcado por jadeos, por gritos, por todos los jodidos
muelles de la colchoneta o por los amortiguadores del
coche, ritmo que incita a bailar, a danzar y a moverse
pase lo que pase, me hundo, me hundo y siento placer y
doy placer, me hundo y mis ojos se ciegan, mis piernas
se contraen, mi pene se convierte en la más afilada
espada y entra y sale, entra y sale, entra y sale. Podría
estallar a reír ahora mismo, pero mi amante está
cerca de saltar y se agarra fuertemente a mí, a
la cama, siempre se vuelve loca agarrándose a lo
que sea, siempre que yo me vuelvo loco por, maniatado,
continuar, continuar... y se va , se va al paraíso
y ves el billete en su cara y solloza y se contornea como
sólo sabe ella y ya sin ritmo fijo en una orgía
de movimientos anárquicos pero intensísimos,
tú te vas con ella al paraíso, y ella ve
en tu cara tu billete y se alegra, y entonces tú
sonríes y ella también, y la besas dulcemente
mientras acaricias, ya lento, todo su cuerpo y notas como
estás bien, estás muy bien. Deseando su
calor la abrazas, suspiras y susurras a su oído
esa palabra que le has dicho mil veces, entonces ella
te besa en tus cerrados párpados y acaricia con
su húmeda lengua, tu chorreante cuerpo. Ahora no
cariño, déjame dormir un poco, dices. Dejadme
una hora, media, un minuto, dejadme bañarme en
las empapadas sábanas, por favor.
Pequeño
Elfo Ciego 
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© de los autores
y del editor
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